Recibo una llamada de un número con prefijo de Barcelona. La voz es joven, jovial, con acento sudamericano.
Me digo: «Otro número más a bloquear». Dejo que hable y, cuando confirmo que efectivamente quiere convencerme para cambiar de comercializadora —aunque él me habla de lectura de contadores—, le planteo que cambie de trabajo.
—Este que tienes no te durará mucho —le digo.
Él insiste en que representa a mi compañía eléctrica. Le digo que lo siento y que, aun sabiendo que el trabajo está mal, muy mal, debería buscar otro en el que no hubiera engaño.
Ante su insistencia, empiezo a notar cómo la paciencia, mi paciencia, desaparece.
El Papa se enfrenta a los todopoderosos creadores de la IA. Su todopoderoso jefe, me da, no está por la labor de hacer nada en esto ni en todo lo demás.
Qué frustrante para el Papa, ¿no?
¿Te imaginas tener un jefe omnipotente —con un poder ilimitado y para el que nada es imposible—; omnisciente —que conoce todas las cosas: el pasado, el presente y el futuro—; omnipresente —presente en todo lugar al mismo tiempo—; eterno —sin principio ni fin— e inmutable —incapaz de cambiar, siempre constante en sus propósitos y naturaleza—?
¿Por qué no hace nada en todo este lío?
Conoce el futuro, tiene un plan, un propósito y está en todas partes. Él hace y deshace.
Lo de Ucrania, lo de Donald —el pato no, el otro—, el genocidio en Palestina, los 220 muertos en la RD del Congo por ébola, lo de Begoña, lo de no ir a Eurovisión y sí al Mundial de fútbol —¿acaso tenemos más posibilidades dándole patadas a un balón que cantando?—, la convocatoria de elecciones, lo de la Megaprincesa, lo de ZP, lo del Perro...
¿Sabrá lo del nuevo prefijo 400 para las llamadas comerciales?
Todo. Lo sabe todo, seguro.
¿Tiene que ser así?
Fue en la prehistoria cuando los primeros hombres se “inventaron” dioses y creencias para dar explicación a todo aquello que no entendían: la lluvia, el viento, el sol, la suerte, la desgracia...
Creo que estamos rodeados de demasiados dioses a los que hemos regalado todos esos calificativos y por los que nos dejamos conducir de forma borreguil.
Todos esos atributos incomunicables viven bajo el paraguas de otro:
Incomprensible o infinito: supera la capacidad de entendimiento humano.
Alguien ha perdido un zapato.
O sea, ánimo y suerte.















