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jueves, 23 de febrero de 2023

𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐞𝐧𝐯𝐢𝐚𝐫𝐞́ (𝐗𝐗𝐗𝐕𝐈𝐈)



Hola. Cuanto tiempo ¿verdad?
Habitualmente, lo fácil, es marcar un número de teléfono o escribir un saludo en cualquier sistema de mensajería. Digo, fácil.
Nunca es fácil, volver a hablar con alguien con quien hace mucho tiempo que no lo haces.
Estoy de viaje y, ayer, me acosté pronto. Hoy, claro, me he despertado antes del amanecer.
Mirando el cielo, he recordado que este mes, Venus y Júpiter están en conjunción.
La semana próxima, se encontraran y podrán verse muy cerca, durante la noche.
Una vez al año se acercan, se saludan y siguen su camino.
Venus, suele verse al amanecer, pero Mercurio es más difícil y solo en estas ocasiones podemos contemplarlos juntos.
¿Recuerdas?
La última vez, fue en un aeropuerto, por estas fechas, también. Tu, en una de la cintas de transporte, yo en sentido contrario.
¿Eras tu?. No podía creerlo. Mirabas el móvil, inquieta, como si los pasajeros que estaban delante de ti fueran a hacerte perder tu vuelo.
Te apartaste el pelo y levantaste la cabeza. Tu cara demostraba tanta sorpresa como, supongo, la mía.
- Hola. ¡Vaya! ¡Que casualidad!
No recuerdo que dije. Seguramente una estupidez.
En ese breve espacio de tiempo, cruzamos dos, tres frases.
Ibas a Portugal, yo volvía a Barcelona.
Conforme nos alejábamos mantuvimos la mirada y tu, hiciste el típico gesto con tu mano de "te llamo".
Han pasado muchas conjunciones, desde aquel día.
Si en mi teléfono aparece un numero oculto o desconocido, a veces, pienso si serás tu.
Cuando eso ocurre, al poco, me lleno de desilusión. Me quieren vender un seguro o me ofrecen una gran oferta de una compañía eléctrica.
Miro al cielo. Quizás tenga que esperar al próximo febrero, o al siguiente, para la próxima conjunción.
Venus y Mercurio.
Espero y deseo, que tengas bellos amaneceres, Venus.
Fotografía: DAVE JURASEVICH (MT. WILSON OBSERVATORY)

jueves, 16 de febrero de 2023

𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐞𝐧𝐯𝐢𝐚𝐫𝐞́ (𝐗𝐗𝐗𝐕𝐈) 𝐍º 𝟐



Esa sensación de inmensidad mirando al cielo, a veces, me abruma. Me encoge y me refugio en el fondo de la memoria. En el fondo de ese baúl que siempre me protege. Aunque duela.
Nunca lo entendí.
"No eres tu, soy yo", dijiste. Esos horribles, ¿estas bien?, ¿te pasa algo?, abrieron el camino a la fatídica frase.
Una frase que hubiera sido sencillo de desarrollar. Se acabó la pasión, el amor, la confianza, o cualquier otra cosa. Esperé, esperé. Te puse delante mil excusas que te permitieran sacar aquello que te atormentaba, mil excusas que me permitieran acercarme a ti.
No estoy bien, soy yo.
Un día, otro, y otro más.
Mensajes con respuesta cada vez más ansiada y menos rápida.
Mensajes para darte pie. Buenos días, ¿todo bien?. ¿Estas mejor?.
No había respuesta, o llegaba pasado el tiempo, amortiguada, como de corcho.
"Bueno, bien".
Te dejé espacio que, para mi, era un universo ante tu ausencia. Creí que era tu centro, tu refugio. Mientras paseabas campos y montañas, de los que nunca me hablaste.
Repasé los últimos meses, lo que hacíamos, lo que no hacíamos. Cada minuto y, no encontré la razón del silencio.
Poco a poco, días que se convirtieron en semanas y semanas en meses.
Algún mensaje en Navidad o por tu cumpleaños, rodeado de nostalgia y de incomprensión.
Alguien me preguntó por ti. Yo, me excusé, casi con rabia con un "no sé".
Se fue alejando, hasta que perdimos el contacto. Ya sabes, la distancia y que es así.
¿Cómo eras? Así, ¿como?.
Sembraste mil dudas. Todo era confuso. Parecías un delincuente que se ocultaba y huía.
Creo que nunca te conocí lo suficiente. Nunca, nunca conocemos a nadie. Todos tenemos ese lado oscuro, que nos avergüenza, o que consideramos exclusivo.
Y yo que creí ver por tus ojos, hacia afuera y hacia adentro.
Me mostraste el vacío, el abismo y me hablaste de volar. Construí castillos que tu pintabas de colores, y engalanabas de banderas.
Ahora, cuando los días han crecido y son años, confundo el recuerdo con la realidad. Me cuesta rememorar tu voz, tu olor, tu risa. Pasada la decepción, la rabia, y el duelo. Quizás estuvieras equivocada y no fuiste tu, sino yo.
Sigo deseando que la vida te sea amable y que beses y te besen hasta que te duelan los labios, hasta que te arda la piel.
𝐿𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑡𝑟𝑢𝑖𝑚𝑜𝑠 𝑠𝑒 𝑎𝑐𝑎𝑏𝑜́
𝐿𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑡𝑟𝑢𝑖𝑚𝑜𝑠 𝑠𝑒 𝑎𝑐𝑎𝑏𝑜́
𝑆𝑒 𝑙𝑜 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑒𝑙 𝑣𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜
𝑆𝑒 𝑙𝑜 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑒𝑙 𝑣𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜
𝐸𝑠𝑡𝑎 𝘩𝑖𝑠𝑡𝑜𝑟𝑖𝑎 𝑡𝑒𝑟𝑚𝑖𝑛𝑜́, 𝑛𝑜 𝑒𝑥𝑖𝑠𝑡𝑒
𝐿𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑢𝑛 𝑑𝑖́𝑎 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑡𝑟𝑢𝑖𝑚𝑜𝑠 𝑠𝑒 𝘩𝑎 𝑒𝑠𝑓𝑢𝑚𝑎𝑑𝑜
𝑃𝑎𝑟𝑒𝑐𝑖𝑒𝑟𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑠 𝑚𝑎́𝑠 𝑓𝑎́𝑐𝑖𝑙 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑟𝑛𝑜𝑠
𝑃𝑒𝑟𝑜 𝑒𝑟𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑓𝑎𝑛𝑡𝑎𝑠𝑚𝑎 𝑐𝑜𝑛𝑚𝑖𝑔𝑜 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑎𝑛𝑑𝑜
*Natalia Lafourcade - Lo que construimos

𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐞𝐧𝐯𝐢𝐚𝐫𝐞́ (𝐗𝐗𝐗𝐕𝐈) 𝐍º 𝟏

 



Hoy miré el cielo y, tras una nube gris, apareciste tu.
Todo era excesivo. Tu mirada, tu roce, tu calor. Estabas en mi cabeza, en mi pecho, en cada paso que daba.
Vivía en una nube que tu manejabas a tu antojo y yo disfrutaba del viaje. Ahora arriba, ahora cerca, ahora lejos.
Cuando, por casualidad, aparecía el silencio, notaba la sensación de prestado. De ocupar un lugar que no era mío, que no me había esforzado en conseguir y que el préstamo, igual que un libro de biblioteca vuelve a su estantería llegada la fecha, nosotros abandonaríamos aquel lugar. Ese espacio, único y personal.
Bueno, si. Al principio, si me esforcé. Me atraía tu seriedad, tu templanza, tu control; pero, imaginaba, momentos de arrebato, de ansia, de ojos brillantes. Igual que el cazador acecha a su presa, te miraba en la distancia, por si había un gesto, buscando la excusa para coincidir. Esperaba tu saludo, y cuando llegaba, como una araña extendía mis redes para retenerte.
Me sentía Mantis, sin darme cuenta de que eras tu quien me estabas devorando por dentro.
Conforme pasaba el tiempo, cree piezas, unas reales y otras no, que conformaron mi vida. Casi una vida completa. Una vida distinta que potenciara, más si cabe, tu interés y tus atenciones hacia mi.
Un día me dolía la cabeza, otro, hacía mal tiempo o tenía mil problemas que te trasladaba con algo de pudor.
Vivía más de prestado, tu atención, mi propia vida, la nueva, la que construía. Se levantaban decorados que tu sujetabas, actividades que nunca hice pero que tu animabas.
No lo supe hacer mejor. No eras tu, era yo.
La vida, la real, me arrollaba y me maldecía cada mañana y cada noche, por el préstamo sin interés que recibía.
Me fui alejando, rompiendo cada día una hebra de ese hilo rojo que inventé, por el interés del cazador, tal vez, por demostrarme que podía sobrevivir en otro lugar, con otra gente, contigo.
Hoy, han pasado años, y he dejado caer disfraces, engaños, trucos y lágrimas, para que el recuerdo sea un sueño, que quizás no vivimos.
Te deseo todo el sol, la luna y las estrellas. Siempre.

𝑌𝑜 𝑡𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑜 𝑑𝑒𝑛𝑡𝑟𝑜
𝐻𝑎𝑠𝑡𝑎 𝑙𝑎 𝑟𝑎𝑖́𝑧
𝑌, 𝑝𝑜𝑟 𝑚𝑎́𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑐𝑟𝑒𝑧𝑐𝑎
𝑉𝑎𝑠 𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑎𝑞𝑢𝑖́
𝐴𝑢𝑛𝑞𝑢𝑒 𝑦𝑜 𝑚𝑒 𝑜𝑐𝑢𝑙𝑡𝑒 𝑡𝑟𝑎𝑠 𝑙𝑎 𝑚𝑜𝑛𝑡𝑎𝑛̃𝑎
𝑌 𝑒𝑛𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑟𝑒 𝑢𝑛 𝑐𝑎𝑚𝑝𝑜 𝑙𝑙𝑒𝑛𝑜 𝑑𝑒 𝑐𝑎𝑛̃𝑎
𝑁𝑜 𝘩𝑎𝑏𝑟𝑎́ 𝑚𝑎𝑛𝑒𝑟𝑎, 𝑚𝑖 𝑟𝑎𝑦𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑢𝑛𝑎, 𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑢́ 𝑡𝑒 𝑣𝑎𝑦𝑎𝑠
*Natalia Lafourcade - Hasta la raíz

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jueves, 2 de febrero de 2023

𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐞𝐧𝐯𝐢𝐚𝐫𝐞́ (𝐗𝐗𝐗𝐕)



Siempre quedan frases por decir. Miradas o silencios que creímos suficientes, para un final y con el tiempo, la memoria es frágil, no recordamos siquiera que fue lo que nos distanció. O si lo recordamos, tal vez, prefiriéramos haberlo olvidado.
Y como esa cicatriz de la infancia que, cuando la rozamos, nos lleva a carreras, toboganes o ramas de árbol poco seguras; esa frase que nos faltó por decir, esa despedida, ese beso o ese roce de los dedos antes de decir adiós, nos encoge el alma y hay momentos en que escribiríamos esa carta, si, que no llegamos a enviar.
Hay personas, en mi caso muchas, de la que querría saber. ¿Cambió de trabajo? ¿Tiene familia? ¿Aquella enfermedad? ¿Cómo habrá sido su vida? ¿Siguió estudiando? y si, ¿se acordará de mi?.
¿Qué fue lo que nos distanció?
La distancia, una discusión, una mentira, la deslealtad, el desamor, una decisión, al fin, que rompe y rasga lo que hasta ese momento hubo.
Cartas que nunca enviaré.
Por si la herida se vuelve a abrir. Por si el ansia aparece. Por si la vida no les trató bien y no estuve ahí para ayudar. Porque es imposible enviarla a la tierra que acoge a esa persona; por si esa persona también tiene pendiente la frase, el roce, el beso o el abrazo.
Hoy te escribo de nuevo. Te escribo, por un recuerdo, por cada detalle que quedó sangrando.
Será otra carta que no enviaré.
Por las explicaciones que no nos dimos, por miedo, por vergüenza, o por no volver la vista atrás, por no darle la vuelta a la vida como a un calcetín.
Mi vida, más mía que nunca.
Cuídate mucho.

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martes, 8 de noviembre de 2022

Cartas que nunca enviaré (XXXIV)





𝗡𝗼 𝗹𝗲 𝗲𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼 𝗲𝗹 𝗽𝘂𝗻𝘁𝗼 𝗮𝗹 𝗼𝗹𝘃𝗶𝗱𝗼, 𝗻𝗼 𝘀𝗲́ 𝘀𝗶 𝘁𝗲 𝗵𝗮𝘀 𝗺𝗮𝗿𝗰𝗵𝗮𝗱𝗼 𝗼 𝘆𝗼 𝗺𝗲 𝗵𝗲 𝗶𝗱𝗼, 𝗻𝗼𝘀 𝗱𝗶𝗷𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮𝗱𝗶𝗼́𝘀 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗻𝗼𝘀 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗲𝗱𝗶𝗺𝗼𝘀.
Así fue. Como dice la canción.
A estas horas, hace cinco años, hablamos por ultima vez.
Bajabas a la peluquería, querías estar guapa. Te noté animada, contenta.
No era fácil encontrar días así. Esa soledad que exigías, ese intento de seguir siendo tu, te cargaba de ansiedad. Ese abrigo oscuro que, daba igual que fuera invierno o verano, te ponías para oscurecerte, para no ver el brillo del sol.
Nos dijimos adiós, pero nunca nos despedimos.
El escalón, la policía, pasaban unos minutos del mediodía. La ambulancia. Una llamada.
Mientras conducía hacia un final cierto, que no aceptaba y no entendía, recordaba tu voz.
Hoy no consigo traerla a mi memoria. Parece que el tiempo te dejo muda en el recuerdo.
Sigue habiendo una gran caja de fotos que aun no he recogido. Platos, vasos, objetos que materializan la memoria de momentos vividos.
El doctor nos habló de la escala de Glasglow. Solo entendí, que te estabas yendo. Rápido, demasiado rápido.
Tu, me esperaste. Llegué para decirte adiós, para en la soledad de aquella habitación decirte lo que te había repetido mil veces. Para decirte en un susurro, lo que debería haberte dicho más veces y no lo hice.
Estabas ahí. Notaba el calor de tu mano.
𝗡𝗼 𝗹𝗲 𝗲𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼 𝗲𝗹 𝗽𝘂𝗻𝘁𝗼 𝗮𝗹 𝗼𝗹𝘃𝗶𝗱𝗼, 𝗻𝗼 𝘀𝗲́ 𝘀𝗶 𝘁𝗲 𝗵𝗮𝘀 𝗺𝗮𝗿𝗰𝗵𝗮𝗱𝗼 𝗼 𝘆𝗼 𝗺𝗲 𝗵𝗲 𝗶𝗱𝗼, 𝗻𝗼𝘀 𝗱𝗶𝗷𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮𝗱𝗶𝗼́𝘀 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗻𝗼𝘀 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗲𝗱𝗶𝗺𝗼𝘀.
Llegó la madrugada y todo terminó, todo, menos el recuerdo.
Buen día mama, estés donde estés. Seguimos sin despedirnos.

martes, 20 de septiembre de 2022

Cartas que nunca enviaré (XXXIII)



Hola. Espero que todo te vaya bien y lo digo con total sinceridad.
Lo has notado ¿verdad?. He remarcado lo de sinceridad, para que entiendas que cada día te guardo menos rencor. Que aquella primera oleada de rabia y de odio, con el tiempo, se ha calmado. Ha sido a base de mucha terapia, si, lo asumo. De darme más valor a mi, y mucho menos a ti.
De convencerme que en este asunto, yo soy el más importante.
Hay amaneceres en los que veo el cielo tan inmenso que no puedo dejar de pensar en aquella frase, "bajo el mismo cielo". A cientos, a miles de kilómetros, pero con un cielo que nos ampara, que nos cubre, que es común o que al fin, nos separa.
Hoy, seguro que te hubiera gustado. Aquí las nubes son caprichosas y el estar tan cerca del mar, hace que se generen formas curiosas, incluso abrumadoras por su tamaño y sus colores.
Hace años, hice una foto de un paisaje (la buscaré). No me di cuenta y estaba viéndola invertida. Me pareció interesante que mi cerebro aceptara, como normal, una imagen que no era real.
El cielo, creaba un mar inexistente, bañando una playa imaginaria.
El cielo.
Ahora, buscando esa imagen que te decía (la he encontrado), me acabo de dar cuenta de que es algo icónico en muchas de mis cartas y reflexiones. Me puede, me gana siempre.
Levanto la cabeza y está ahí. Soleado, con nubes, más brillante o más oscuro. A veces amenazante, otras cálido y acogedor. Relajante y lleno de estrellas.
He salido a mirarlo. Me mira, lo miro.
El sol, brilla y calienta con fuerza.
¿Tu miras el cielo?
Para mi, es una necesidad.
Tengo corvinas. Las haré al horno, con limón, ajos y vino blanco.
¿Sabes? El cielo, da fuerza. Me da fuerza.
Con mis mejores deseos.

miércoles, 31 de agosto de 2022

𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐞𝐧𝐯𝐢𝐚𝐫𝐞́ (𝐗𝐗𝐗𝐈𝐈)



Voces, en la calle, me han despertado. He intentado concentrarme en las aspas del ventilador, por si eso hacía que volviera a dormirme. Una moto, un camión o un vehículo grande.
Estaba cómodo, relajado, pero el sueño no volvía.
Me he levantado y he salido a la terraza. Se podía escuchar el rumor del mar.
Tengo que retomar las lecturas al amanecer.
He entrecerrado los ojos, y las luces se han convertido en pequeñas manchas de colores.
En mi cabeza, esa frase de Frida Kahlo que es como un castigo de boomerang.
Un castigo de ida y vuelta.
𝑶𝒋𝒂𝒍𝒂́ 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔𝒕𝒆́𝒔 𝒃𝒖𝒔𝒄𝒂𝒏𝒅𝒐, 𝒗𝒂𝒍𝒈𝒂 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔𝒕𝒂𝒔 𝒑𝒆𝒓𝒅𝒊𝒆𝒏𝒅𝒐
Siempre he intentado entender, comprender las actuaciones de los otros. Cuanto más descabelladas me parecían, con más ahínco buscaba una explicación.
No cabía en mi forma de responder, un acto de rechazo, o de disgusto. Seguro que tiene sus razones, me decía.
Algo motiva, al que no responde, si hasta ayer hablaba. Algo le ocurre a quien cambia su forma de actuar.
No es gratuito. Todos buscamos algo, pero debemos hacer caso a Frida. ¿Y lo que pierdes en la búsqueda?
Hubo un tiempo que lo importante, por encima de todos y de todo, era entender, comprender, que buscabas.
Tus cambios de actitud. Tus palabras, que de pronto se convertían en monosílabos, siendo ayer confianza y entrega. Tu falta de interés, tus ganas de huir.
Ya, con la distancia y el tiempo, creí entender que simplemente te buscabas a ti, tu yo, recuperar tu propia vida, crearla. Una vida que no era la que querías o, simplemente, una vida de mentira que habías construido y que no podías mantener como real por más tiempo.
Demasiados difuntos vivos, demasiadas historias de cuento y novela, amontonadas, que no dejaban ver el amanecer, ni la realidad.
Con la distancia y el tiempo, entendí que solo yo estaba perdiendo.
Un mosquito ha zumbado muy cerca. Trato de ahuyentarlo con un manotazo al aire.
Aleixandre escribió:
𝑇𝑜𝑑𝑜 𝑝𝑎𝑠𝑎.
𝐿𝑎 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑡𝑟𝑎𝑛𝑠𝑐𝑢𝑟𝑟𝑒
𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑢𝑛 𝑝𝑎́𝑗𝑎𝑟𝑜.
𝑀𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑒𝑛𝑡𝑟𝑒 𝑠𝑢𝑠 𝑎𝑙𝑎𝑠.
𝑀𝑒 𝑎𝑟𝑟𝑒𝑏𝑎𝑡𝑎 𝑎 𝑙𝑎 𝑠𝑜𝑚𝑏𝑟𝑎, 𝑎 𝑙𝑎 𝑙𝑢𝑧, 𝑎𝑙 𝑑𝑖𝑣𝑖𝑛𝑜 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑎𝑔𝑖𝑜.
𝑀𝑒 𝘩𝑎𝑐𝑒 𝑝𝑙𝑢𝑚𝑎
𝑞𝑢𝑒 𝑖𝑔𝑛𝑜𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑚𝑎𝑟:
𝑒𝑠𝑎𝑠 𝑎𝑔𝑢𝑎𝑠 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑠𝑎𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑙𝑎𝑏𝑖𝑜𝑠 𝑛𝑒𝑔𝑟𝑜𝑠
𝑦𝑎 𝑏𝑜𝑟𝑟𝑎𝑛 𝑙𝑜 𝑑𝑖𝑠𝑡𝑖𝑛𝑡𝑜.
Si, todo pasa
Ojalá que lo que, ahora, estés buscando, valga lo que estas perdiendo. Porque, seguro, volverás a perder.
Cuídate.

martes, 2 de agosto de 2022

Cartas que nunca enviaré (XXXI)



Llevo ya algunos días pensando en esta carta.
Te la debo. Es mi obligación.
Has sido testigo mudo de todo tipo de situaciones, alegres, tristes; refugio del miedo, de la ansiedad, de la depresión. Lugar seguro de descanso y de protección. De regreso y de huida.
Un portazo, un grito, o cien. Siempre fuiste capaz de llevarnos a la casilla de salida. Fuiste cárcel, paraíso, puente y escala.
El suelo cálido de madera, las paredes con fotos, libros y grandes murales.
Sueños y planes que cambiaron los colores, que hicieron del horizonte una meta.
Noches de insomnio, de desesperación, de espera. Noches de café y estrellas. Amaneceres luminosos, apacibles y reconfortantes.
En cada estancia, una vida. En el pasillo, el cruce, el roce, la mirada.
Lugar de encuentro, de crecimiento, de duda. Vida.
Olores a bizcocho, a galletas, a pan recién hecho, a comida rica.
Colonias frescas y perfumes penetrantes. Abrir armarios, cajones y heridas. Cerrar ciclos, empezar el vuelo, volar alto, muy alto.
Sonrisas, risas, abrazos apretados, buscando fusión de carne y sentimiento.
Hace solo unos días, pasé por ultima vez mis dedos por tu piel. Una cascara vacía, hecha de sangre, hormigón y almas.
Era una tarea difícil, encontrar mejores palabras que las que Blanki escribió.
𝘘𝘶𝘦𝘳𝘪𝘥𝘢 𝘤𝘢𝘴𝘢 𝘵𝘦 𝘦𝘴𝘤𝘳𝘪𝘣𝘰 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘨𝘶𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰.
𝘓𝘢 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯, 𝘭𝘢 𝘤𝘰𝘤𝘪𝘯𝘢, 𝘦𝘭 𝘴𝘢𝘭𝘰́𝘯, 𝘦𝘵𝘤. 𝘠 𝘮𝘦 𝘱𝘳𝘦𝘨𝘶𝘯𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘴𝘪 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢. 𝘠 𝘴𝘪 𝘮𝘦 𝘥𝘪𝘫𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰 𝘥𝘦 𝘤𝘢𝘴𝘢 𝘮𝘦 ........ 𝘱𝘰𝘯𝘥𝘳𝘪́𝘢 𝘢 𝘭𝘭𝘰𝘳𝘢𝘳 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘭𝘢𝘴 𝘯𝘶𝘣𝘦𝘴.
Querida casa:
Con esta carta, quiero agradecer tu ayuda, tu apoyo, tu protección, tu alma.
Se que a tus nuevos dueños, los cuidaras y protegerás tanto o más que a nosotros y que si un día te dejan, lloraran igual que las nubes.
Siempre serás mi casa. Nuestra casa. Gracias.

domingo, 17 de julio de 2022

Cartas que nunca enviaré XXX



Hola. Por aquí, todo bien. Incluso podría decir que maravillosamente bien.
Imagino que por ahí, coincidirá con mis deseos, y todo fluirá dentro del caos de la vida.
He notado que cuando a la gente le preguntas por como les va, aumentan su optimismo uno o dos puntos.
Todos mentimos un poco, o nos mentimos un poco. El ánimo, bien, aunque siempre existan determinadas preocupaciones. O el ánimo, mal, pero no encontramos el motivo y ahí seguimos, con cara de acelga y viendo solo la parte oscura.
Cierto es, que siempre habrá alguien que esté peor que tu; y siempre habrá alguien que esté mejor.
Encontrar el punto de equilibrio entre lo que te preocupa y aquello que te hace sentir satisfecho, para sentirte bien no es fácil ¿verdad?
Siempre fuiste de hacer planes. Planes de mejora. Algo más de dinero, algo más de reconocimiento, algo más de autoestima, algo más de satisfacción. Yo, a veces, te los disparaba, te los elevaba al cubo.
Si hablabas de una pequeña casa de turismo rural, yo veía un pedazo de hotel al que no le faltaba un detalle. Si pensabas en retomar unos estudios, yo veía títulos llenando las paredes. Cuando decías de contar ovejas, yo contaba rebaños en Australia. Un libro, tal vez. No, no. El Planeta y con algo de suerte el Pulitzer.
Tu hablabas de saltar, yo planeaba volar. Tu mirabas desde la ventana, y yo me preparaba para lanzarme al vacío.
Ahora que lo pienso, es curioso lo de las ventanas.
Estas semanas, a falta de mobiliario, trabajo en un sitio improvisado delante de una ventana.
Nunca me había sentado delante de ella para mirar.
Lo de fuera, se enmarca por la derecha, por la izquierda, por arriba y por abajo. El espacio solo crece hacia adelante, al fondo.
Hay como una leve bruma en el horizonte.
Acabo de hacer un café. Me siento bien. Tengo preocupaciones, claro. Como seguramente las tengas tu. He asomado la cabeza. A la derecha, a la izquierda, arriba y abajo, hay más. Más espacio, más lugares, más vida.
Espero que todo fluya dentro del caos de tu vida, y que cuando alguien de los tuyos te hable de contar ovejas, les hables de Australia. De los 150 millones de ovejas que hay allí. Cuando te hablen del cielo, busques alas, espacios abiertos, busques el mejor avión.
Miro por la ventana, a lo lejos, y te veo volar.
Animo y suerte.

sábado, 7 de mayo de 2022

Cartas que nunca enviaré XXIX



Hola, ¿Qué tal? ¿Cómo te va?.
Por aquí, todo bien. Mejor que bien.
Ya no tengo vértigo por las mañanas. He asumido que cualquier cosa puede ocurrir y esa insoportable levedad del ser, de la que hablaba Milan Kundera, me hace reconocer una única existencia, irrepetible.
"El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores"
Genero mi propia terapia. Me encabrono por mis errores, pero volvería a cometerlos sin dudar. He cambiado el rencor (si alguna vez lo he sentido, por indiferencia, o por olvido). Gestiono la añoranza a salto de mata. Lo que pudo ser y no fue, tal vez un día ocurra. No me obsesiono, disfruto la parte que me gusta, mato la que odio.
El camino, que durante años parecía eterno y que solo me limitaba a andar, ahora intento construirlo con asfalto de papel. Cualquier ligera llovizna lo destruye, haciendo que la actividad más importante sea volver a crearlo para seguir andando mañana.
Hay días en que el cansancio me hace buscar la inmovilidad. Mañana seguiré, o pasado.
A veces me busco en el espejo, otras, me escondo. Huyo de mi mismo, porque me abruma tanta realidad.
Seguramente me equivoco buscando una casa, un lugar. Creo que a partir de ahora, dejaré que el lugar sea quien me encuentre. La búsqueda se convertirá en camino, igual que cuando en la carretera ves un sendero y de forma inconsciente te dices: ¿Qué habrá al final?, y lo sigues.
Puedes llegar a un barranco o a una plácida llanura. A un pintoresco pueblecillo o al mar.
¿Cuántos senderos hará falta recorrer, para encontrar "el lugar"?
Noto como me crece la nariz. Me miento hoy, ayer, y me mentiré mañana. No busco un lugar, busco que el camino siga. A base de café, carajillo o paracetamol.
Esa insoportable levedad del ser, esa repetición.
Ha amanecido un día precioso y aunque tengo ganas de nada, solo de contemplar, hay mucho que hacer.
Cualquier día, llegará un correo tuyo. Me hablaras de tu familia, tu trabajo, tus hijos, que se yo. O quizás no. Puede que también tu escribas cartas que nunca lleguen al buzón.
Mientras, cortaré cartulinas amarillas y seguiré haciendo camino hasta la ciudad Esmeralda.
Habrá días en los que me sentiré de paja, de hojalata o un león. No busco al mago, solo quiero mil baldosas más.
Cuídate mucho, ojalá te duelan los labios, de tanto besar. Ojalá te duelan los brazos, de tanto abrazar.
𝑆𝑜𝑚𝑒𝑤ℎ𝑒𝑟𝑒 𝑜𝑣𝑒𝑟 𝑡ℎ𝑒 𝑟𝑎𝑖𝑛𝑏𝑜𝑤
𝐵𝑙𝑢𝑒𝑏𝑖𝑟𝑑𝑠 𝑓𝑙𝑦
𝐴𝑛𝑑 𝑡ℎ𝑒 𝑑𝑟𝑒𝑎𝑚𝑠 𝑡ℎ𝑎𝑡 𝑦𝑜𝑢 𝑑𝑟𝑒𝑎𝑚 𝑜𝑓
𝐷𝑟𝑒𝑎𝑚𝑠 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑙𝑦 𝑑𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑒 𝑡𝑟𝑢𝑒-𝑜𝑜ℎ-𝑜𝑜ℎ
𝑆𝑜𝑚𝑒𝑑𝑎𝑦 𝐼'𝑙𝑙 𝑤𝑖𝑠ℎ 𝑢𝑝𝑜𝑛 𝑎 𝑠𝑡𝑎𝑟
𝑊𝑎𝑘𝑒 𝑢𝑝 𝑤ℎ𝑒𝑟𝑒 𝑡ℎ𝑒 𝑐𝑙𝑜𝑢𝑑𝑠 𝑎𝑟𝑒 𝑓𝑎𝑟 𝑏𝑒ℎ𝑖𝑛𝑑 𝑚𝑒
𝑊ℎ𝑒𝑟𝑒 𝑡𝑟𝑜𝑢𝑏𝑙𝑒 𝑚𝑒𝑙𝑡𝑠 𝑙𝑖𝑘𝑒 𝑙𝑒𝑚𝑜𝑛 𝑑𝑟𝑜𝑝𝑠
𝐻𝑖𝑔ℎ 𝑎𝑏𝑜𝑣𝑒 𝑡ℎ𝑒 𝑐ℎ𝑖𝑚𝑛𝑒𝑦 𝑡𝑜𝑝𝑠 𝑡ℎ𝑎𝑡'𝑠 𝑤ℎ𝑒𝑟𝑒
𝑌𝑜𝑢'𝑙𝑙 𝑓𝑖𝑛𝑑 𝑚𝑒, 𝑜ℎ

domingo, 1 de mayo de 2022

Cartas que nunca enviaré XXVIII

 


Hola, buenos días:
Hace tiempo que no te escribo. Es lo que pasa con esas cartas que sabes que no enviarás. Las dejamos para mañana, para pasado y poco a poco el olvido gana la partida.
Ayer, me acordé mucho de ti. Una vuelta más al sol. He tenido que buscar el libro de familia para calcular cuantos años cumplirías.
Un día agotador. De un lado a otro y aunque no conseguí hacer todo de lo que tenía previsto, me sentí satisfecho.
La peque, nos echa de menos. Se lo está peleando y vive en esa montaña rusa de sentirse libre y pagar por ello. Hace cosas que no le gustan, para poder conseguir aquellas que le encantan. Está ganando, aunque crea que son demasiadas las heridas.
La mayor y sus amigos, montaron un evento para dar a conocer proyectos artísticos de jóvenes promesas. Que pena no tener una cantidad indecente de dinero para fomentar esa creatividad que lo llenaba todo.
Me dio la sensación de que cada uno de esos proyectos, era una medicina para sus almas. Te hubiera gustado estar.
Semillas, plantas, almendras (sólo almendras) personificadas, realidad, irrealidad de flores y arbustos que se activan con nuestra presencia, huelen y reaccionan al viento.
Imágenes teñidas que conforman vidas. Un columpio, lleno de amor. Flores de plástico, para que el amor sea eterno.
Y otro, que te habría hecho mucha ilusión. Se intercambiaron esquejes.
Todos tienen ese punto de querer cuidar, de cuidarse y claro está, de que los cuiden. Una salida, cada día más difícil, a un mundo que se empeña en ir en contra.
Todos se apoyaban de una manera u otra en sus familias. En su origen, en todo aquello que les ha visto crecer. Que les dio amor, y también lágrimas.
Los miraba envidioso, de su fuerza, de sus ganas. Lloré.
Sigo haciendo cajas, debo estar cerca de la treintena y creo que llegaré a las cien. Desmontando armarios y montando recuerdos.
Se hace muy complicado deshacerse de algo que te estremece, aunque lleve años en un cajón sin moverse de ahí.
Por algún rincón, apareces tu.
Y sigo con mi plan, como las personitas de ayer. Muchas veces apoyándome en ti, que me diste amor y también lágrimas.
Quiéreme en presente, que no tenemos más, dice Manolo en su canción. Solo tenemos hoy, el resto solo es un plan.
Un plan de amor y lágrimas.
Mama, dale un beso a papa y a la abuela. Os pienso.

miércoles, 6 de abril de 2022

Cartas que nunca enviaré (XXVII)



Hola. No hay noticias.
Cierto es que tengo difícil asomarme a la ventana para verte pasar, o preguntar a algún conocido común, que es de ti.
Llevo unos días en otra cosa.
Ha hecho un tiempo muy desagradable. Aire, frio.
Ahora, aquí, llueve otra vez. Llover en el desierto.
Duermo regular, y no es por preocupación. Me despierto pronto, escribo, trabajo. Mucho por hacer.
Es un hotel de esos "de concepto". Colores claros. Ni un vaso en el lavabo. Desayuno, espartano y monótono, cerca de un centro comercial. En medio de ninguna parte.
Dicen que para cuidar el medio ambiente no limpian la habitación todos los días. Seguro que algo ahorran. El día de limpieza, hoy, te hacen la cama y ponen una pegatina sellando la puerta, para "tu protección".
Las paredes son confidentes de cualquier conversación, no sabes si viene de la izquierda, de la derecha, de arriba o de abajo.
El pasillo es como copiado de "El resplandor". En tonos grises, sin papel pitando. Todo muy actual. Me veo tomando la curva con mi triciclo y las gemelas, de la mano, al fondo.
Te mandé un mensaje, dos. Por saber de ti.
Pensé en llamarte, pero el suspense, me congeló.
He bajado en pijama a recepción. Un café largo con buenos días. De vuelta, ni rastro de triciclo, no hay aparición.
Escribo, trabajo.
Hay noticias. Otra carta que tampoco enviaré.
Cuídate mucho. Amaneciendo.