En la cocina, busco el mando para extender el toldo que cubre toda la terraza que da al jardín, abro la nevera y rebusco en el cajón de las verduras.
No retengo, no retengo.
Saludo por el hueco de la escalera y hago recuento. Acelgas, zanahoria, cebolla, puerros. Sí, sale una crema. Le pondré miso rojo y jengibre.
Abro el congelador; mientras, las gotas de sudor comienzan a formar un reguero.
No retengo, no retengo.
Unos chorizos criollos con patatas fritas. Quedaron albaricoques horneados de ayer; con helado de leche merengada y canela estarán increíbles.
Parece como si mis neuronas hubieran necesitado esta caminata. Han sido ocho kilómetros de mar, sol y dolor.
La vejiga grita y yo subo los peldaños de dos en dos, empujado por una fuerza sobrenatural.
Por fin. Silencio.
La ropa se niega a despegarse de mi piel. Abro el grifo de la ducha y cierro los ojos mientras el agua cae.
Prepararé un café que convertiré en larguísimo añadiendo agua fría.
Ropa limpia, cómoda.
He llegado hasta el final de las calas, donde se unen los pinos con los postes que llevan cables que no se sabe si funcionan. De una casa al poste; de ese, a otro.
Una tela de araña recorre el cielo, haciendo casi imposible tomar esa imagen de ramas y pájaros.
Me he dejado crecer la barba de nuevo y llevo el pelo largo. Habrá que hacer algo.
El tendedero está lleno. Lo miro y vuelvo a ver los postes, los cables. Cómo las casas se unen a los árboles, lo de dentro con lo de afuera.
Frente a mi ventana, uno de esos cables une la casa con la calle. Simplemente, la une. ¿Simplemente?
Desde la cueva al mar. Este viaje que parece infinito y solo es un suspiro.
Ve con cuidado, Poseidón; temblad, lestrigones y cíclopes. Mañana volveré a salir.
Ánimo y suerte.















