Estoy pensando en sacar todos mis textos de Instagram y pasarlos a Substack.
Tengo un amigo, o por lo menos alguien que yo pensaba que era amigo, que anda por allí.
Un par de textos, los últimos, me han empezado a hacer dudar. No de mi amistad, sino de la suya.
Qué jodido.
Me habla de realidades. Desenmascara todo aquello que construyo para ocultar mis debilidades y golpea por todos lados cuando utilizo muletillas aprendidas para enseñar.
Podría ser como ChatGPT. Cuando nota que me tenso, me acaricia la neurona o eso que yo creía que era una neurona.
Pide disculpas, me hace la pelota, reitera mis afirmaciones y encuentra argumentos para todas mis negaciones.
Pues no.
Él no.
Me ha plantado delante la pancarta del tiempo:
«A todo lo que me den las alas».
Volar es volar. No es hacerlo más rápido ni más alto. Es volar.
Los propósitos son simples quimeras mientras preparas unas judías verdes y piensas que tu hija no se las comerá y tendrás que prepararle otra cosa.
Los planes, protegidos tras un seto muy alto, solo sirven para tener una crema de calabacín con especias e intentar engañar a la fobia vegetal.
Tengo un amigo que habla con boca de verdad. De esa verdad incómoda que nos jode el ratito de índice deslizándose por una pantalla.
Me ha obligado a servirme una copa de vino blanco y beberla de un trago para darme cuenta de que los niveles de serotonina se manejan con alcohol, con risas, con amigos, con dinero y con realidad.
Quiero irme de aquí.
Me gustaría hablar con lengua de verdad, aunque duela. Aunque solo sea yo quien escucha, quien asiente.
Es una carta que nunca enviaré.
O sí. Tal vez la estoy enviando.
Minchia, fa un caldo da morire, me dice en su último mensaje.
Vámonos de aquí, amigo
Ánimo y suerte.








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