No me importan las necedades que un exmandatario suelte con boca de chancla y no me preocupa si debería o no pedir disculpas por ellas. Pero los medios se empeñan en buscarme, en hacer que mi indignación surja y se convierta en desdén para, poco a poco, llegar al insulto y al odio.
¿Qué necesidad hay de estar informado? Hoy ya no es información. Son pequeñas o grandes dosis de arrebato. Estábamos convencidos de que debíamos saber lo que ocurría en el mundo. Y ahora nos despertamos sabiendo detalles insustanciales que, sin embargo, calan en esa máquina interior empeñada en acelerar el pulso y elevar la tensión.
Unas banderolas en las farolas recuerdan la próxima festividad local. Por un momento, no me hallo.
Estamos ya en julio. Dato este importante, no por sí mismo, sino porque no era consciente de ello. Habría apostado por junio o incluso por mayo.
Ya se sabe que los jubilados no saben en qué día viven. Siempre es sábado o víspera de festivo.
No es tan importante. Qué más da el mes o el año en el que estemos. Siempre vamos en tiempo de descuento, me digo.
Me paro. Activo la neurona, o una pareja de ellas, y reconozco que ese es el único elemento importante: el tiempo.
¿Y si no quiero?
Y ha pasado otro día. Estamos en julio, camino de agosto.
Grandes titulares.
Tiempo, solo tiempo. Para equivocarme, para reír, para llorar, para aplaudir, para apoyar. Ni tan siquiera quiero ya entender por qué.
Déjenme perder mi tiempo como me de la gana. No se el que me queda y no quiero dejarlo escapar por el sumidero.
¿Qué necesidad hay de tanto de todo?
Elara, desde el jardín, me recuerda que llego tarde. Tiempo, solo tiempo.
Animo y suerte.











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