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domingo, 29 de diciembre de 2024

Santa Paciencia (XI)



Seguro que la abuela, sentada en uno de los sillones de mimbre del comedor, estaría limpiando borrajas para hacerlas con alcachofas o con judías pintas, o todo junto.
Y seguro, también, que varios barreños con cardo rizado, al fresco, descansarían en la pequeña galería que daba a la selva amazónica del patio trasero para la ensalada habitual. O era escarola o cardo. Con mucho ajo picado, vinagre y aceite.
Si, puede que hubiera bacalao, pero no lo recuerdo.
No había calefacción, y el brasero eléctrico no dejaba de funcionar. La cocina económica ayudaba, pero poco.
Ya teníamos frigorífico y habíamos abandonado "el armario del hielo".
Durante estos días, estaba prohibido salir a la galería. 𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 ℎ𝑎𝑐𝑒 𝑓𝑟𝑖́𝑜, 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑖𝑟𝑎𝑟𝑎́𝑠 𝑒𝑙 𝑐𝑎𝑟𝑑𝑜, 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒𝑠 𝑛𝑎𝑑𝑎 𝑞𝑢𝑒 ℎ𝑎𝑐𝑒𝑟 𝑎ℎ𝑖́ o simplemente, 𝑝𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜.
Pero, el motivo real de no poder salir, era 𝗲𝗹 𝗮𝗿𝗺𝗮𝗿𝗶𝗼.
Había un armario donde se guardaban "trastos" o todo aquello que mis padres o la abuela decidían que debía estar fuera de nuestro alcance.
Esto mismo, ocurría con el armario de la abuela.
Eran lugares con acceso controlado y debías disponer de autorización para "entrar" en ellos.
Muchas veces, imaginábamos que eran entradas a otros mundos, como bastantes años después descubrimos con Narnia.
Tras las blusas, faldas y abrigos de la abuela, habría un resorte que nos permitiría pasar a otro mundo a otra dimensión y podríamos jugar hasta cansarnos con todos aquellos juguetes que ella "amablemente" nos guardaba por si los "rompíamos".
Lo mismo ocurría con el situado en el balcón. Pero, en estas fechas, la tensión crecía.
La llave de canutillo que habitualmente estaba introducida en la cerradura, desaparecía. La puerta de este armario se abría hacia el interior de la vivienda y por lo tanto, aunque alguien saliera a buscar algo, era imposible ver su interior.
Curiosamente, la mañana del día de Reyes la llave volvía a estar introducida en su lugar habitual, pero ya no prestábamos atención.
Era el momento de comer mandarinas, cigarros de chocolate y jugar. Jugar con prisa, con el fuerte Comanche y la moto teledirigida. Oler el cuero nuevo de la cartera para el cole o devorar los libros de cuentos.
Hasta que la abuela, harta de nosotros decidía "recoger" todas aquellas drogas en su Narnia particular.
Yo creo que, a veces, se encerraba en su habitación, sacaba todos nuestros juguetes y volvía a sentirse una niña corriendo aventuras con los Pevensie y haciéndole un moño a Aslan. Seguro.

viernes, 29 de diciembre de 2023

𝐒𝐚𝐧𝐭𝐚 𝐏𝐚𝐜𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 (𝐗)



Ayer hablábamos de ir. Para mí fue pensar en volver.
Es curioso cómo cuando hemos pasado mucho tiempo, o hemos tenido vivencias íntimas en un lugar, casi nos molesta que otros nos hablen de él. Nos quieran explicar locales, tiendas o cambios que allí se han producido, y tú, sin saberlo, sin estar allí.
No, para ti que llevas, tal vez, años sin pasear aquellas calles, sin entrar en esos bares o simplemente observar tejados o jugar a las canicas en aquel parque, nada puede cambiar. Te parece imposible que aquella zona de tierra donde sacrificabas insectos con tus amigos, ahora, sea una superficie cubierta de losetas que hacen un dibujo geométrico.
Que aquel arco que escalabas como si fuera el Everest, ya no esté y en su lugar un macizo de flores o un seto, den una nota de color.
El quiosco donde primero comprabas botes de Sidral por céntimos y más tarde cigarrillos, ya no existe. Un alcorque con un arbolito desnutrido ha ocupado su lugar.
Miras las ventanas de aquella casa, desde donde te asomaste tantas veces para ver la calle, y las persianas alicantinas ya no son verdes.
Atrás, donde crecían las hierbas y se convertían en jungla inexplorada para tus juegos de infancia, han puesto unos bancos y una estatua rara, en conmemoración de vaya usted a saber qué.
Un anciano, sentado en uno de los bancos, te mira de forma descarada. Está apoyado sobre un bastón que tiene entre las piernas. Levanta una mano para tapar el sol y poder verte mejor.
- Hola, ¿Qué tal? Feliz Navidad. ¿El 4º, izquierda?
Tú, con cara de sorpresa, contestas al saludo y te sientas a su lado. Está claro, tú eres 4º, izquierda. Él es 2º, derecha.
Nos hacemos preguntas, con largas pausas entre una y otra. Parece como si no quisiéramos romper el vínculo.
Seguimos sentados. Él, apoyado en su bastón. Yo, en las trepadoras que visten la escultura.
Repasamos vecinos, conocidos comunes, incluso me cuenta anécdotas de cuando trabajaba con mi padre.
Nos despedimos y mientras me alejo, sigo sin saber quién es 2º derecha, el anciano del bastón.
Ir, es volver. Volver a un viaje en el tiempo a un lugar desconocido, a un lugar que tal vez nunca fue lo que ahora queda en el recuerdo. Vuelve a casa, vuelve, por Navidad. ¿Cuántas veces he vuelto a "casa"?
La niebla, para mí, siempre era el traje para ese viaje, para esa vuelta. No recuerdo las campanadas de fin de año en aquel pequeño comedor con mesa camilla y brasero.
El dormitorio de mis padres, el de mi abuela, el que compartía con mi hermano, ¿todos daban al comedor?
Y sí, había una habitación más. La habitación del Belén. La de hacer los deberes. La de escuchar partidos en la galena. Donde se guardaba la cesta de rosquillas y magdalenas.
Ir, para volver. Para que alguien, un anciano que no conoces, desde el 2º izquierda te recuerde que has ido, para volver.
Me giro y busco en la cornisa. Sí, ahí están.

𝘝𝘰𝘭𝘷𝘦𝘳𝘢́𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘰𝘴𝘤𝘶𝘳𝘢𝘴 𝘨𝘰𝘭𝘰𝘯𝘥𝘳𝘪𝘯𝘢𝘴
𝘦𝘯 𝘵𝘶 𝘣𝘢𝘭𝘤𝘰́𝘯 𝘴𝘶𝘴 𝘯𝘪𝘥𝘰𝘴 𝘢 𝘤𝘰𝘭𝘨𝘢𝘳,
𝘺 𝘰𝘵𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘻 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘭 𝘢𝘭𝘢 𝘢 𝘴𝘶𝘴 𝘤𝘳𝘪𝘴𝘵𝘢𝘭𝘦𝘴
𝘫𝘶𝘨𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘳𝘢́𝘯.
𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭𝘭𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘷𝘶𝘦𝘭𝘰 𝘳𝘦𝘧𝘳𝘦𝘯𝘢𝘣𝘢𝘯
𝘵𝘶 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘶𝘳𝘢 𝘺 𝘮𝘪 𝘥𝘪𝘤𝘩𝘢 𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘦𝘮𝘱𝘭𝘢𝘳,
𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭𝘭𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘢𝘱𝘳𝘦𝘯𝘥𝘪𝘦𝘳𝘰𝘯 𝘯𝘶𝘦𝘴𝘵𝘳𝘰𝘴 𝘯𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦𝘴…
¡𝘦𝘴𝘢𝘴… 𝘯𝘰 𝘷𝘰𝘭𝘷𝘦𝘳𝘢́𝘯!

#100cafesbuscandoelmar
#100cafesmasconunputovirus
#100cafesy2000paracetamoles 

sábado, 18 de febrero de 2023

Santa Paciencia (IX)

 


𝐒𝐚𝐧𝐭𝐚 𝐏𝐚𝐜𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 (𝐈𝐗)

Eran tres.
Tengo que esforzarme para recordar sus nombres. Incluso recordándolos, confirmo que me he equivocado al ubicarlos.
Las Nuevas Sederías y Canudo, en el Coso, Almacenes San Juan, al final de la empinada cuesta que nos llevaba a la plaza del Mercado, donde está La Confianza.
Cuando "subíamos" al centro de la ciudad y había alguna necesidad de ropa, era una de las visitas obligadas.
Al entrar, a la derecha, había un pequeño pulpito donde oficiaba un señor extremadamente delgado, nariz prominente, siempre trajeado impecable y el pelo peinado hacia atrás. Tal vez con gomina.
Entre bocanadas de humo, daba los buenos días o tardes, según correspondiera, como un autómata. Ni un gesto, a excepción de los necesarios para fumar (eran movimientos excesivamente lentos y afectados cuando daba sus caladas) nunca una sonrisa. Voz profunda y cavernosa.
Fue mi ídolo laboral durante muchos años, incluso ahora.
Delante de él, una caja registradora con teclas, que una vez realizada la compra, utilizaba para generar el ticket y cobrar.
Recibía el albarán que el cliente entregaba con cortesía Japonesa, de forma muy elegante, casi delicada. Repetía la cantidad que allí estaba escrita e iba tecleando y pronunciando una a una las cifras, hasta que empujaba la manivela de la caja registradora.
Tomaba el dinero del cliente y, con el mismo tono de voz, devolvía el cambio con cortesía y seriedad, alargando a veces, alguna de sus palabras.
- Con esto hacen cincueeeeenta, y con estoooo cieeeen.
Yo, dudaba de que fuera real. Incluso llegue a creer que solo existía de cintura hacia arriba, y que el resto de su cuerpo escondía un mecanismo de autómata que lo movía.
La tienda era maravillosa. Me dejaban circular por ella, libremente.
Mostradores y estanterías altísimas (así las recuerdo) de madera oscura. Rollos de tela de todo tipo, lisos, estampados, con distintos grosores y tactos.
Me gustaba asomarme al borde del mostrador y ver todos aquellos objetos que reposaban sobre él, desperdigados.
Tijeras inmensas que las dependientas manejaban con destreza, jaboncillos para marcar los cortes, metros, de tela y de madera que como si fueran armas de la ultima batalla, descansaban sobre tablas y tubos en los que las telas estaban enrolladas.
Al fondo, a la derecha, los probadores y un pequeño saloncito, donde si el cliente deseaba la confección de alguna prenda, se le tomaban medidas y se hacían las ´distintas pruebas.
En una mesa baja, revistas a todo color para entretener a los acompañantes. Ama, Diez minutos, Garbo, Hola, y buscando, con un poco de paciencia, podías encontrar el TBO, o al Capitán Trueno.
Aquel señor, junto a la mesita baja me sonreía y no dejaba de mirarme.
Me quitaron la chaqueta y comenzó a tomarme medidas.
Olía a Varon (sin tilde) Dandy, con un rasurado perfecto y unas gafas redondas y diminutas, que al apuntar en su libreta mis distinta longitudes, se le escurrían hasta la punta de la nariz.
Llevaba chaleco, con la espalda en una tela brillante y sedosa y el delantero de la misma tela que sus pantalones.
Yo quería un chaleco. Me gustaba. Con el paso de los años, llego a ser una prenda muy habitual en mi. Con vaqueros, sobre una camiseta de manga corta o con camisa. Mi padre dejaba en mis manos todos los que él tenía en desuso, que eran muchos.
Aquel señor de gafas redondas y diminutas, me hizo mi primer chaleco a medida. Mi traje de primera comunión.

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martes, 19 de julio de 2022

Santa Paciencia (VIII)



Recuerdo aquellos días muy calurosos, tanto como el de hoy.
El colegio había terminado y los malditos Cuadernos de repaso Santillana, que yo cumplimentaba estoicamente todas las mañanas, eran la obsesión de mi querida madre. Había que escapar.
Por la galería, abierta, entraba una agradable brisa mientras desayunábamos.
En alguna ocasión se me permitía, arropado por mil malos presagios y otras tantas recomendaciones a mi hermano, acompañarle a por la leche a una vaquería cercana.
Calle, vacas, salir.
Era toda una aventura. La parte esencial, no cumplir ninguna de las recomendaciones establecidas.
- No te sueltes de la mano
- Tener cuidado al cruzar
- No corráis
- A la vaquería, y vuelta, no os entretengáis.
Pero claro, para el, yo era una carga. Cuidar del crío y evitar todo aquello que le gustaba hacer.
Bajar corriendo por los terraplenes, buscar nidos, unirse a expediciones y aventuras con otros chicos del barrio, etc. Pero no. No podía, bajo pena de arresto domiciliario hasta el final de sus días.
Y claro, el crío, que había salido con su flequillo al viento deseoso de aventuras, acababa escuchando las misma recomendaciones y amenazas pero, además, con falta de circulación en la mano de tan fuerte como lo sujetaban.
Otra de las maravillosas aventuras veraniegas, era ir a la compra. Bueno, vale, retrasaba el momento de hacer palotes, círculos y proyectos de números, que ya era algo.
Pero, siempre hay un pero. Era agotador y bochornoso lo de "... que guapo y que alto estas". "Dale un beso a la Sra. Concha". Y así, con todas las vecinas y conocidas.
O sea, acababa lleno de carmín y oliendo a Maderas de Oriente como si hubiera nacido en arabia.
Ya de vuelta, sudoroso por el calor y los apasionados achuchones de las vecinas, había magdalenas y limonada con "esponjau".
Era como un azucarillo que, a veces, venía preparado con clara de huevo y esencia de limón. Una masa porosa y rígida que me encantaba observar mientras se deshacía en vasos de cristal fino, llenos de trozos de hielo. Ese era el momento de la droga azucarada. Escapar.
Otra cosa eran los fines de semana.
No tengo muy claro el recuerdo cuando mi padre, con espíritu aventurero fuera de lo normal, planteaba ir al rio.
No me gustaba, ni poco, ni mucho. No me gustaba nada.
Mi madre, se quedaba en casa cuidando de la abuela y nosotros salíamos pertrechados como exploradores a aquel paradisíaco lugar denominado "El Pedregal".
Y eso era precisamente. Un pedregal, por donde a veces el agua llegaba a la rodilla y las más, al tobillo.
Conseguías mojarte el culo y poco más. Algunos cazaban ranas, otros tiraban piedras y algunos, los menos, lavaban el coche.
Yo, desde que llegaba hasta que me iba, parecía un merengue. Impregnado de arriba a abajo, con aquella crema de la lata azul de Nivea.
Se suponía que mi piel blanca inmaculada, podía disponer de un nivel de protección efectivo a partir del momento en que solo se me veían los orificios de la nariz y los ojos. El resto, merengue puro.
Que noches tan maravillosa de insolación. De piel tipo gambón, oscuro, rebozado en merengue.
Quien me iba a decir a mi, que años después, el inventor de aquellos cuadernos de repaso, sería mi jefe.
Verano, Santillana, azucarillo y piel ardiente. Que más se pude pedir, Jesús.

lunes, 7 de febrero de 2022

Santa Paciencia (VII)

 


𝙎𝙖𝙣𝙩𝙖 𝙋𝙖𝙘𝙞𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 (𝙑𝙄𝙄)

Digamos que se llamaba Carlota. Vivía unos pisos por debajo de nosotros. Cuando pasábamos por su rellano, lo hacíamos deprisa, por si en ese momento ella abría su puerta y nos llenaba de besos y caricias.
El problema no era su efusividad, que también, sino que desde que entrábamos por el portal, ya había alguien en el descansillo de casa, esperando nuestra llegada y si había parada con Carlota, prepárate.
Primero malas caras, después el consabido "mira que os lo tengo dicho" y claro, el colofón, limpieza profunda de la zona besada o acariciada con agua bendita.
Carlota, una señora entrada en años (o a mi me lo parecía), iba siempre de negro. Su peinado, impoluto, sin un pelo fuera de lugar. Mirada directa y penetrante. Creo recordar que era viuda de un militar o de un guardia civil. Ni bigote, ni verrugas peludas.
La escalera, era como nuestra segunda casa. Entrábamos y salíamos de los distintos pisos, igual que el resto de vecinos. Hoy podías merendar, en el entresuelo, pan con chocolate o acabar en el segundo tomando el pan con aceite y azúcar. Pero no en casa de Carlota.
Tenía una hija, alta, grande, algo más mayor que nosotros. Más de una vez, se empeñaba en "subirme" a mi casa y claro, había parada en la suya para que Carlota (su madre) viera como había crecido "el pequeño del 4º.
A veces, al cruzar aquel umbral, me sentía como Hansel. Valorado, medido y casi pesado con la intención de acabar dentro de un horno con una manzana en la boca.
Mi abuela, padecía problemas de circulación y sufría su enfermedad en un sillón de mimbre. Llegó un momento que no salía de casa. Cuatro pisos de altura, eran demasiado para ella y desde aquel sillón, intentaba controlar todo lo que había a su alrededor. Su palabra era ley.
Y cuando su palabra no surtía efecto, lo hacía el mango de caña de la escoba, o aquel cenicero de Cinzano que lanzaba con una puntería envidiable.
Ella, era quien restregaba y restregaba con un pañuelo fino empapado de agua bendita, la cara, el cuello y todo lo que suponía había estado expuesto a los influjos demoníacos de Carlota, la vecina de abajo.
Nunca supe, y si lo supe no lo recuerdo, a que venía esa fama de bruja.
Su casa, super limpia y ordenada. Los suelos brillaban, como si fueran de cristal.
Llegué a creer que tenía a su disposición un grupo de pequeños esclavos dedicados a recoger y limpiar sin descanso. Siempre tenía las persianas bajas, colaborando a crear una atmosfera peculiar. Y el olor. Una mezcla de desinfectante y Maderas de Oriente, dulzón y pegajoso.
Todo era algo inquietante y misterioso.
En el fondo, cuando me invitaban a entrar en aquella casa, no entraba solo. Por un lado, me acompañaba el temeroso Hansel, y por otro, se desperezaba un Capitán Trueno que en cualquier momento podría luchar contra ¡Controda la hechicera!.
Pero, primero, había que acabarse el bocadillo de mortadela.
(Continuará)
*Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o no.
(𝙁𝙚𝙗𝙧𝙚𝙧𝙤 𝟮𝟬𝟮𝟮)

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Santa Paciencia (VI)



 𝐒𝐚𝐧𝐭𝐚 𝐏𝐚𝐜𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 (𝐕𝐈)

Los recuerdos Navideños en aquella casa están guardados muy al fondo de la memoria, tal vez era muy pequeño, o simplemente mi mente me juega alguna mala pasada y de tan especiales, los convierte en imaginados.
Algunos, en cambio, los conservo como recientes aunque han pasado muchos años.
La Navidad comenzaba cuando llegaba a casa el primer obsequio para mi padre. Habitualmente el 21, a veces, el 22.
Recibía muchos. De casas comerciales, de profesionales de su sector y de empresas con las que tenía relación laboral.
A partir de ese primer paquete, la maquinaria de la Navidad se ponía en marcha.
El árbol de Navidad plegable ocupaba su lugar encima del televisor. Una gran bandeja de turrones, polvorones, mantecados, peladillas y todo tipo de dulces navideños, se instalaba en la entrada. Al lado, un plato con monedas, para dar propina a los recaderos que subían aquellos diez tramos de escalera cargados con turrones, bebidas, frutas, agendas, calendarios y detalles de agradecimiento.
Bolas, espumillones y adornos, colgaban de las lámparas o sujetas con chinchetas del techo y de las paredes.
Pero faltaba algo.
El Belén. El día o la semana de montarlo. Era todo un despliegue de habilidades de mi madre, haciendo ríos de papel de plata, incluso quiero recordar que algún año el río llevo agua, de la de verdad.
Sacos de cortezas de arboles, y musgo fresco que mi padre se encargaba de ir a buscar.
El suelo de aquel "poblado", estaba hecho de papel de seda, verde. Tiras y tiras de papel, pegadas unas a otras, dejando el extremo suelto, para que al pasar la mano o un cepillo, se asemejara a un césped geométrico.
Las montañas y los valles, con papel de estraza. Una capa de cola de empapelar, o varias, para que al secarse la estructura se quedara rígida, y los pastores, las ovejas o incluso los Reyes y sus cabalgaduras no se precipitaran al vacío.
En la pared, un papel azul plagado de estrellas en cartulina plateada, creaba la noche del alumbramiento.
Si, y luces, muchas luces. Dentro de las casitas de corcho, en el palacio de Herodes, o en las hogueras de los pastores. Patos, pollos, ovejas, cerdos, bueyes. Todo tipo de animales.
Huertas, con zanahorias, lechugas y repollos de plastilina.
El portal fue primero de corcho, como casi todas las edificaciones, pero con el tiempo se convirtió en una gran cueva de color gris oscuro, que daba cabida a toda la sagrada familia, el asno, el buey y a todos los visitantes que desde el día de Nochebuena, hasta la mañana de Reyes, íbamos ayudando a recorrer de un extremo a otro del Belén en su viaje para ver al niño.
Había concurso de Belenes en el barrio y recibíamos muchas visitas curiosas. Mi madre esperaba las caras de asombro de los más pequeños cuando veían que el río plateado desaparecía en la pared y al observar detenidamente "parecía" que el "agua" continuaba más allá.
Era típico buscar la figurita del caganer, y el burrito que movía la cabeza, o el pescador en la orilla del río, con un pescado en el extremo de su caña.
Las tres figuritas de la Anunciación, o el hatillo de leña que llevaba otro de los vecinos del lugar hacia el portal y que cada año había que rehacer.
En el tocadiscos portátil, sonaban villancicos constantemente. El brasero, la mesa camilla, en la cocina algo rico cocinándose, un trozo de Torta Imperial en la boca y Raphael incansable dándole a su tambor.
𝐸𝑙 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑎 𝑏𝑒𝑙𝑒́𝑛
𝐵𝑎𝑗𝑎 𝘩𝑎𝑠𝑡𝑎 𝑒𝑙 𝑣𝑎𝑙𝑙𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎 𝑛𝑖𝑒𝑣𝑒 𝑐𝑢𝑏𝑟𝑖𝑜́
𝐿𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑠𝑡𝑜𝑟𝑐𝑖𝑙𝑙𝑜𝑠 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒𝑛 𝑣𝑒𝑟 𝑎 𝑠𝑢 𝑟𝑒𝑦,
𝐿𝑒 𝑡𝑟𝑎𝑒𝑛 𝑟𝑒𝑔𝑎𝑙𝑜𝑠 𝑒𝑛 𝑠𝑢 𝘩𝑢𝑚𝑖𝑙𝑑𝑒 𝑧𝑢𝑟𝑟𝑜́𝑛
𝐴𝑙 𝑟𝑒𝑑𝑒𝑛𝑡𝑜𝑟, 𝑎𝑙 𝑟𝑒𝑑𝑒𝑛𝑡𝑜𝑟.
𝐻𝑎 𝑛𝑎𝑐𝑖𝑑𝑜 𝑒𝑛 𝑢𝑛 𝑝𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝑏𝑒𝑙𝑒́𝑛 𝑒𝑙 𝑛𝑖𝑛̃𝑜 𝑑𝑖𝑜𝑠.
𝑅𝑜𝑝𝑜𝑝𝑜𝑛 𝑝𝑜𝑛 𝑝𝑜𝑛 𝑟𝑜𝑝𝑜𝑝𝑜𝑛
Navidad.
(Continuará)
*Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o no.
𝐃𝐢𝐜𝐢𝐞𝐦𝐛𝐫𝐞 𝟐𝟎𝟐𝟏

miércoles, 13 de octubre de 2021

Santa Paciencia (V)



Eran unos jardines que, como por encanto, tenían unos setos altos y bien recortados. Algunos llegaban a elevarse y formar arcadas. Otros, en la punta, se redondeaban o construían almenas de un castillo imaginario.
En lo que hubiera sido el patio de armas, había un arco, de piedra u hormigón. Era como si indicara el paso del paralelo de Greenwich, o un detalle incompleto de quien diseñó el jardín. Era como una diadema clavada, ahí, en medio.
Alguno, más mayor de cuerpo y fuerza, pero con poco juicio, se atrevía a escalarlo y alcanzar el centro, la cúspide. Agitando una imaginaria bandera, se nombraba Rey o Califa, o Capitán del jardín aquella tarde.
Si alguna vez vi al jardinero artista, no lo recuerdo. Pero lo que si recuerdo era mi cavilación por como haría aquellas rectas, aquellas curvas y como podía mantener tan bien cuidadas las paredes del castillo, del barco o cuando tocaba, las trincheras de nuestras guerras con fusiles de palo.
Había días de canicas. Hacer un hoyo en el suelo y lanzar la nuestra ,desde el allí, hasta la línea trazada en el suelo unos metros más allá. Quien llegaba más cerca, empezaba el juego.
Con un rápido gesto de la mano medíamos un palmo y tratábamos de golpear la canica de otro jugador, repitiendo, por cada golpe conseguido, la cantinela de chiva, pie, tute (a veces retute) y volver al gua, para ganar la canica golpeada; o el derecho a volver a tirar.
Pantalones cortos, bolsillos llenos de canicas de cristal, de cerámica o de plomo. La tarde podía hacerte volver a casa con más canicas o con menos, pero siempre con ganas de repetir.
No había muchos balones, las acacias, que llenaban la zona, se encargaban de destrozarlos.
Días de sadismo, con luchas de saltamontes y hormigas. Días de jugar al pañuelo, al escondite, de correr como si la vida nos fuera en ello, de desolladuras en las rodillas, de rasgar el pantalón nuevo y de lágrimas, como puños, por el zurcido o la rodillera, más que por la bronca que te echarían al llegar a casa.
Claro, si, también había peleas de las de verdad. Un pabellón, contra otro. Los de los bloques, contra las casetas bajas, o contra los de los Mártires, o los del otro lado del puente. Con los puños o con piedras. La sangre no llegaba al río, aunque a veces la buena puntería de algunos abrió mentes, o mejor dicho, cráneos y el color rojo tiñó el suelo del jardín.
Confieso que alguna "cuquera" hice, más por casualidad que por puntería. Incluso, años más tarde, intentando detener una pelea, acabé en el hospital. Desprendimiento de retina. Pero, esa, es otra historia.
Bancos de madera y cemento. Meriendas de pan con chocolate, que comíamos de manera atropellada para volver al barco, al castillo, a la guerra.
Polvo, sudor y colonia barata.
Oigo el penetrante silbido de mi padre desde la ventana. Es hora de cenar. Mañana volveremos a guerrear, a cruzar mares o a comernos el mundo con chocolate, aunque ese jardín ya no exista. Ni los setos, ni la diadema, ni los bancos.
Pero siempre tendremos las cicatrices, las cuqueras y desolladuras y, claro, la canica llegando al gua.
𝐎𝐜𝐭𝐮𝐛𝐫𝐞 𝟐𝟎𝟐𝟏

miércoles, 25 de agosto de 2021

Santa Paciencia (IV)



𝗦𝗮𝗻𝘁𝗮 𝗣𝗮𝗰𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 (𝗜𝗩)

Se llamaba Rosamari. Era la niña más guapa de todo el patio de recreo. Llevaba el pelo recogido en un moñito que más parecía un amasijo de cabellos rubios rozando el desastre que un peinado real.
Yo la observaba corretear de un lado a otro. Ahora estaba en este grupo, ahora en aquel. Salía corriendo y mantenía la carrera hasta que, a trompicones, se detenía exhausta.
Se subía a un banco y organizaba su nube de amigas para un juego, o para cantar una canción. Reía, gritaba, hablaba sin parar.
Sonaba el timbre. Ella intentaba arreglar su pelo desastrado mientras se colocaba en la fila. Yo, unos cuantos sitios más atrás, miraba embobado aquellos cabellos que, rebeldes, escapaban a su control en la nuca y el cuello.
Las aventuras del barón de Münchausen me encantaban. Libraba batallas viajando a lomos de una bala de cañón. Estaba en la luna, o en el infierno. Bailaba en el estómago de una ballena, o salía de una ciénaga tirando de su propia coleta. Era mi héroe después de la siesta, mientras merendaba sentado en el balcón, o en un banco del jardín, enfrente de casa.
Leía, leía incansable todo lo que caía en mis manos. Los libros de psicología de una vecina de piernas larguísimas, tebeos, prospectos de medicamentos, etiquetas de productos de limpieza o como aquel fatídico día, "Los 12 cuentos maravillosos de Fabiola".
Me los leí de un tirón. Si hago memoria, creo que llamarlos "maravillosos" era excesivo. Probablemente fue debido a que su autora, Fabiola Fernanda María de las Victorias Antonia Adelaida de Mora y Aragón, se casó con el rey Balduino de Bélgica. Todo lo Real, entonces, era maravilloso.
Pero en mi lectura pasé por alto las primeras páginas. Hasta que de casualidad, la encontré.
Ella. Era ella. Una de las páginas contenía una reproducción a carboncillo de una niña, con ese moñito, con esos cabellos rebeldes en la nuca. Era ella.
Intenté reproducirla en una hoja de mi cuaderno con resultados desastrosos.
Pasé varios días intentándolo hasta que lo conseguí.
Aquella noche, me soñé con la casaca roja del Barón de Münchausen, en el patio del colegio, entregando a Rosamari mi obra de arte.
(Continuará)
*Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o no.
𝗔𝗴𝗼𝘀𝘁𝗼 𝟮𝟬𝟮𝟭

martes, 24 de agosto de 2021

Santa Paciencia (III)


𝗦𝗮𝗻𝘁𝗮 𝗣𝗮𝗰𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 (𝗜𝗜𝗜)

Los domingos eran días especiales. No solo por el día festivo en sí, sino porque confluían un montón de elementos no habituales.
El, en camiseta de tirantes, salpicaba en el lavabo como si fuera una piscina y le fuera la vida en ello. Cantaba, cantaba mucho. Y hacía algo que mantuvo hasta que se fue. Su afeitado. Lo hacía todos los días sin excepción, pero el resto de la semana no llegábamos a verlo. Todo ocurría antes de que saliera el sol y cantaba en voz bajita, dejando aroma a Varon Dandy por toda la casa.
Podía ser que ellas hubieran hecho rosquillas, churros, natillas o arroz con leche. El olor de fritanga, de naranja, de canela te hacía despertar a ese gran día con expectativas muy dulces.
Las rosquillas, en cantidad suficiente para invitar a todo el vecindario, se guardaban en un balde verde, cubierto con un pañuelo de ato, bajo la cama de la abuela Santiaga. Una forma de protegerlas del hurto, aunque lo que nos decían era que se conservaban mejor.
La leche venía de la vaquería y se había hervido en una olla abombada, grande, de porcelana esmaltada.
En un plato, la nata, espolvoreada de azúcar.
- Pásale esto a Josefina.
Una fuente honda de Pickman con la Cartuja pintada en azul, que había que llevar con las dos manos, llena a rebosar de rosquillas rebozadas en azúcar y canela.
A la vuelta, la pelea del tazón.
- Este es el mío
- No, ese, es mío
El de la disputa llevaba dos gatos. Uno de ellos, empujaba a otro que estaba subido a un triciclo.
Alguien, elevando la voz, daba por terminada la contienda.
Una cucharada de Eko, o de Cola-Cao y la leche bien caliente, tanto como para arrancar el velo del paladar.
Se escuchaba el típico abofeteo.
«Varon Dandy reúne todos los artículos de perfumería indispensables en el tocador del hombre moderno»
Ya podíamos empezar.
Después vendría lo de vestirse de domingo para ir a misa, recibir la propina y visitar el quiosco para comprar Hazañas Bélicas o un sobre sorpresa.
(Continuará)
*Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o no.
𝗔𝗴𝗼𝘀𝘁𝗼 𝟮𝟬𝟮𝟭