viernes, 29 de mayo de 2026

Mear lava


Mientras vivo sin vivir en mí, a la espera de noticias de mi gestora con respecto al cumplimiento de mis obligaciones tributarias, paseo ejerciendo de jubilado. Miro obras; más bien, desgracias.

Un bloque, bastante grande, desalojado por problemas estructurales. Repaso las ventanas —maldito vicio—. Casi todas con las persianas bajadas; algunas, pocas, hasta arriba, como desafiando al mundo y al equilibrio de la estructura.

La ciudad por la que paseo es la que me vio nacer y no quiso mirarme demasiado.
Perdimos el interés el uno por el otro —o viceversa— antes de cumplir la mayoría de edad.
Ahora, cuando vuelvo, recuerdo mi propia vida y la de otros. Cómo ha cambiado todo —lo dice Heráclito—. Compro flores, visito a los familiares, vivos y difuntos.
Me noto el desarraigo a cada paso. Incluso los recuerdos creo haberlos leído en alguna novela que no terminé.

Han eliminado muchas casas, edificios completos, y los grandes carteles prometen pisos de tres y cuatro habitaciones, con garaje y locales comerciales.

La gente se para en la calle y hace planes, no sea que no les dé tiempo, para los “almuerzos” de agosto.
Soy extranjero, como todo el grupo que me acompaña.

Entre cervezas y un calor sofocante, nos ponemos al día. Hijos, parejas, trabajo y, claro, achaques.
—Qué mal lo pasé. Dos meses con antibióticos. Una infección de orina.
—Es como si mearas lava.

A veces recordar es como una infección de orina.
Ánimo y suerte.

lunes, 25 de mayo de 2026

Alguien ha perdido un zapato


Recibo una llamada de un número con prefijo de Barcelona. La voz es joven, jovial, con acento sudamericano.

Me digo: «Otro número más a bloquear». Dejo que hable y, cuando confirmo que efectivamente quiere convencerme para cambiar de comercializadora —aunque él me habla de lectura de contadores—, le planteo que cambie de trabajo.

—Este que tienes no te durará mucho —le digo.

Él insiste en que representa a mi compañía eléctrica. Le digo que lo siento y que, aun sabiendo que el trabajo está mal, muy mal, debería buscar otro en el que no hubiera engaño.

Ante su insistencia, empiezo a notar cómo la paciencia, mi paciencia, desaparece.

El Papa se enfrenta a los todopoderosos creadores de la IA. Su todopoderoso jefe, me da, no está por la labor de hacer nada en esto ni en todo lo demás.
Qué frustrante para el Papa, ¿no?

¿Te imaginas tener un jefe omnipotente —con un poder ilimitado y para el que nada es imposible—; omnisciente —que conoce todas las cosas: el pasado, el presente y el futuro—; omnipresente —presente en todo lugar al mismo tiempo—; eterno —sin principio ni fin— e inmutable —incapaz de cambiar, siempre constante en sus propósitos y naturaleza—?

¿Por qué no hace nada en todo este lío?
Conoce el futuro, tiene un plan, un propósito y está en todas partes. Él hace y deshace.
Lo de Ucrania, lo de Donald —el pato no, el otro—, el genocidio en Palestina, los 220 muertos en la RD del Congo por ébola, lo de Begoña, lo de no ir a Eurovisión y sí al Mundial de fútbol —¿acaso tenemos más posibilidades dándole patadas a un balón que cantando?—, la convocatoria de elecciones, lo de la Megaprincesa, lo de ZP, lo del Perro...

¿Sabrá lo del nuevo prefijo 400 para las llamadas comerciales?
Todo. Lo sabe todo, seguro.

¿Tiene que ser así?

Fue en la prehistoria cuando los primeros hombres se “inventaron” dioses y creencias para dar explicación a todo aquello que no entendían: la lluvia, el viento, el sol, la suerte, la desgracia...

Creo que estamos rodeados de demasiados dioses a los que hemos regalado todos esos calificativos y por los que nos dejamos conducir de forma borreguil.
Todos esos atributos incomunicables viven bajo el paraguas de otro:
Incomprensible o infinito: supera la capacidad de entendimiento humano.
Alguien ha perdido un zapato.
O sea, ánimo y suerte.

Irse al mar


Tengo dudas. No veo claro mi futuro.
Creía que estudiar algo que me apasiona me llenaría, pero no. Tal vez el problema sean las reglas, las normas.
Me engaño. Son las expectativas.
Yo, que siempre he hablado de gestionarlas adecuadamente, disparé las mías como si fueran fuegos de artificio.
Tengo estanterías a rebosar de temas y técnicas que aprender. Probablemente me suscriba a algún servicio de información y formación. Sin horarios, sin obligaciones.
¿Por qué todos los platos que aparecen en las redes sociales deben llevar caviar? ¿Estamos tontos?

He vuelto a escribir, bastante. He pensado en aquellas «Cartas que nunca enviaré» y he revisado los temas abiertos. Un libro más o dos.
Por otro lado, lo cotidiano me llama. Hacerlo todo con más pausa. Salir de la cueva para tirar vidrio y cartones. Hacer la compra, pero discriminar. Hoy, verduras. Mañana, pescado o carne. Buscar esos garbanzos en conserva o esas especias que aún no he probado.
Volver a las largas caminatas de dolor, mar y sol.

En la cueva ya están puestas las mosquiteras. Los ventiladores han salido del sótano. Ahora solo queda encontrar los mandos a distancia.
La mesa, que ha vivido los últimos años en guerra constante con el orden, empieza a tomar una tonalidad amarillenta. Hay que decidir qué tirar. Muchos de esos caminos se acabaron; decidí que se acabaran.
Los gatos, al amanecer, maullaban su amor a toda potencia desde el jardín. Creo que lo llaman, entre ellos, el jardín del amor.
¿Podrían hacer menos ruido?

Abubillas rebozándose en la tierra.
Espero con ansia a las libélulas. Ese momento en el que buscan una posición alta en el jardín y se orientan hacia el atardecer.
Sí, es buen momento. Me voy al mar.
Ánimo y suerte.

viernes, 22 de mayo de 2026

Desde la cueva al mar


Entro chorreando sudor. Noto cómo la vejiga grita. Me repito mentalmente: «No retengo, no retengo».

En la cocina, busco el mando para extender el toldo que cubre toda la terraza que da al jardín, abro la nevera y rebusco en el cajón de las verduras.
No retengo, no retengo.

Saludo por el hueco de la escalera y hago recuento. Acelgas, zanahoria, cebolla, puerros. Sí, sale una crema. Le pondré miso rojo y jengibre.
Abro el congelador; mientras, las gotas de sudor comienzan a formar un reguero.
No retengo, no retengo.

Unos chorizos criollos con patatas fritas. Quedaron albaricoques horneados de ayer; con helado de leche merengada y canela estarán increíbles.
Parece como si mis neuronas hubieran necesitado esta caminata. Han sido ocho kilómetros de mar, sol y dolor.
La vejiga grita y yo subo los peldaños de dos en dos, empujado por una fuerza sobrenatural.

Por fin. Silencio.

La ropa se niega a despegarse de mi piel. Abro el grifo de la ducha y cierro los ojos mientras el agua cae.
Prepararé un café que convertiré en larguísimo añadiendo agua fría.
Ropa limpia, cómoda.
He llegado hasta el final de las calas, donde se unen los pinos con los postes que llevan cables que no se sabe si funcionan. De una casa al poste; de ese, a otro.

Una tela de araña recorre el cielo, haciendo casi imposible tomar esa imagen de ramas y pájaros.
Me he dejado crecer la barba de nuevo y llevo el pelo largo. Habrá que hacer algo.

El tendedero está lleno. Lo miro y vuelvo a ver los postes, los cables. Cómo las casas se unen a los árboles, lo de dentro con lo de afuera.
Frente a mi ventana, uno de esos cables une la casa con la calle. Simplemente, la une. ¿Simplemente?

Desde la cueva al mar. Este viaje que parece infinito y solo es un suspiro.
Ve con cuidado, Poseidón; temblad, lestrigones y cíclopes. Mañana volveré a salir.

Ánimo y suerte.

jueves, 21 de mayo de 2026

Desde la cueva


Sigo aquí adentro. Me asomo de tanto en tanto, pero poco.
Tomo mi medicación con los fogones. Cremas, bizcochos, ensaladas multicolores y alguna copa de vino escuchando a los pájaros.
Mañana, tal vez, unas judías salteadas con perejil y ajo. Gamba blanca y sepia bruta.

Mi yo me recomienda cocinar. Nublar el pensamiento poniendo el fuego al máximo.

Lo de querer entender por qué la Agencia Tributaria me envía cartas interesándose por mis actividades pasadas, como si fuera una novia celosa que vuelve cada seis u ocho meses a reclamarte el tocadiscos o un suéter que dejó en tu coche, de forma recurrente.
Aceptar que estamos perdiendo derechos, a sabiendas, me duele. Me llena de inquina —qué palabra tan bonita, inquina—.

Solo hay servicios de paliativos pediátricos en tres comunidades y con muy pocos recursos.
La educación, hecha unos zorros.
Pero ¿no habíamos quedado en que lo importante era la sanidad, la educación, los servicios a la sociedad?
¿Qué sociedad?

No hace mucho añoraba la pausa. El poder querer entender, observar… pero ahora se me hace tan cuesta arriba.
Pienso en apuntarme a una agencia de figurantes, de extras.
No quiero texto, ni caché.

—Usted, póngase ahí. Lea el periódico o tome un sorbo de café, pero sin ruido, que se oye todo.
—Mejor, quítese el sombrero. Abaníquese con él. Que no se le vea mucho, pero ocupe hueco.

Alguien te dice qué ropa llevar. Te maquillan. Te dan de comer y solo tienes que "estar". Nadie se entera de tu inquina, de tu mala leche, de que por dentro sigues pensando en el nombre de la persona que te envía cartas pidiéndote el suéter y nunca te envía un ramito de violetas, sin tarjeta.

Sigues leyendo el periódico que ni es de hoy, ni las noticias son ciertas.
Bebes de una taza que no tiene café, pero tienes cuidado exquisito al remover con la cucharilla el no azúcar para no hacer ruido.
Nadie tiene que saber que has salido de la cueva para matar el tiempo y llevarte 50 euros.

En 1968, Luis Matilla escribió una obra de teatro titulada "El Gigante".

"Hoy es un día de fiesta
día de inauguración
de una estatua que recuerda
al perverso gigantón.

No queremos más gigantes
que se pongan a gritar
que nosotros somos malos
cuando ellos lo son más.

Todos somos estupendos
lo podemos demostrar
pues todos somos amigos
del que tiene la verdad.

La verdad es de nuestro Alcalde
la verdad es de nuestro Juez
la verdad es de los que saben
lo que tenemos que hacer."

Todos salimos y volvemos a la cueva. 
Las violetas florecen en primavera.
Es demasiado tarde.
Animo y suerte.



La cueva


Hay palabras, frases, que se quedan a vivir en alguna parte de esta desordenada mesa.
Unas, por desidia o por olvido. Otras, simplemente, porque el polvo y la humedad han creado un pegamento que el tiempo ha endurecido.
Las tapan papeles, facturas, notas y libros. Y, poco a poco, construyen un hogar o una cueva.

Me levanto, preparo un café y tomo la medicación. Veo cómo las palomas se persiguen y revolotean, mientras 3Patas ejerce de propietario, marcando con sus defecaciones cualquier lugar del jardín.
Los cactus están floreciendo. La chumbera es todo un ramo de flores y espinas.

Con el segundo café en la mano, apoyado en el quicio de la puerta, temo, tiemblo por lo que puedo encontrar al mover un papel, un rotulador o cambiar de sitio un libro.
Obsesivamente, saltaste de la mesa a mi cabeza. Como una musa inútil, me inspiras frases que no sé terminar, que no puedo terminar. Incompletas, buscan refugio en mí. Otra casa, otra cueva.

No te escondas, te veo. Sí, te veo, estás ahí.

En el borde de la mesa, el más alejado de la ventana: «Era demasiado tarde».
Cuando la vi despedirse pensé que era demasiado tarde...
Y tanto pensar, tanto asegurar la decisión, para darme cuenta de que era demasiado tarde...

Un móvil refleja la luz del sol sobre la lona que cubre la piscina. Por un momento he pensado que era un pájaro, pero, fijando la vista, compruebo que es un pájaro de luz creado por el movimiento de las ramas.

—Hoo-poo, hoo-poo-poo —repite la abubilla machaconamente.

Más tarde, cuando el sol esté más alto, seguro que puedo verla bañándose en la tierra entre el limonero y el ciruelo.
Sí, siempre es demasiado tarde.
No puedes bañarte dos veces en el mismo río; dicen que decía Heráclito.
El agua fluye y es reemplazada. Y tú, yo, el paso del tiempo, las emociones, nos cambian a cada segundo que pasa.

Ya es demasiado tarde, acéptalo.
La unidad de los opuestos. La vida da paso a la muerte y la oscuridad a la luz.
«Era demasiado tarde» podría ser el título de una canción o de un libro.

Cavaré unos hoyos para reconstruir el bosque inanimado. Unas ramas secas, con un pie de cemento, servirán de biombo a la zona de la ducha. Aún no ha llegado el verano, no es demasiado tarde.

Y en la cueva se apagó la luz.

Ánimo y suerte.

domingo, 3 de mayo de 2026

El seto



Leo:

Ojalá aprendamos a observarnos más en todos los aspectos.
Quizá así logremos comprendernos mejor y ser un poco más compasivos con nosotros mismos y con los demás.

Hace tiempo, me gustaba sentarme en un banco de cualquier calle transitada e imaginar las vidas de las personas que pasaban ante mí.
Dónde iban, de dónde venían, qué les había pasado y qué pistas me daba el rictus de su cara para entender quiénes eran o para dar viabilidad a esa vida inventada que yo les construía.

En otras ocasiones, paseando, levantaba la mirada y trataba de ver, por encima de los techos de los quioscos de prensa, las ventanas de los edificios.
Ventanas por las que, a veces, huían las cortinas en un intento de vuelo y, otras, sábanas, mantas y colchas se aireaban, dando color a muros grises o de ladrillo.

También ahí observaba y creaba historias. De amor, de desamor. Historias de guerra, de odio o de inocencia.

No es educado ni correcto abordar a alguien en la calle y preguntarle qué piensa, adónde va, de dónde viene, cuál es el motivo de esa cara triste o alegre.
Detener a una madre que, enfadada, recrimina a su criatura mientras tira de su mano e interesarse por la situación.
Llamar a la puerta de una casa y entablar conversación sobre el color de las sábanas que se asoman por sus ventanas al borde del suicidio.

Pasar de mirar a observar. Dejar de poner la vista en un punto para pasar a analizar, estudiar y sacar conclusiones, aunque sean irreales.

Esas conclusiones me daban paz. Yo era quien creaba sus vidas mientras estaba seguro en mi banco, en mi paseo. Ellos eran quienes vivían en un mundo que yo, todopoderoso, dibujaba a mi antojo.

Dar un paso más: pasar de la observación al conocimiento. Confirmar, raramente, que nuestra intuición había acertado o, por el contrario, darnos cuenta de que todo era mucho más complejo de lo que imaginamos.

Somos seres complejos, muy complejos. Y, con el paso del tiempo, nos transformamos; no hablo solo físicamente. Las vivencias, los conocimientos, los errores, las derrotas y los triunfos crean un nuevo yo, un nuevo tú a cada poco.

Conocer el camino recorrido para entender los cambios, los estados por los que pasamos.

La compasión nos hace reconocer el sufrimiento y despierta nuestro ánimo para aliviar el dolor de otros.

Todos hemos sufrido de una u otra forma. No es empatía. No es «te acompaño en el sentimiento»; es más bien «¿qué puedo hacer por ti?»… y hacerlo.

Me miro al espejo, hoy, ayer, muchos días, y me repito: «¿qué puedo hacer por ti?».

Ya casi no hay bancos en las avenidas, ni quioscos, ni prensa. Poca gente airea sus sábanas en las ventanas. Deseo que el seto sea cada vez más alto. Ya no invento historias.

Nos miramos mucho; nos observamos poco.
Sí, sí, la culpa es del seto. 

¿Qué puedo hacer por ti?

Ánimo y suerte.