Un bloque, bastante grande, desalojado por problemas estructurales. Repaso las ventanas —maldito vicio—. Casi todas con las persianas bajadas; algunas, pocas, hasta arriba, como desafiando al mundo y al equilibrio de la estructura.
La ciudad por la que paseo es la que me vio nacer y no quiso mirarme demasiado.
Perdimos el interés el uno por el otro —o viceversa— antes de cumplir la mayoría de edad.
Ahora, cuando vuelvo, recuerdo mi propia vida y la de otros. Cómo ha cambiado todo —lo dice Heráclito—. Compro flores, visito a los familiares, vivos y difuntos.
Me noto el desarraigo a cada paso. Incluso los recuerdos creo haberlos leído en alguna novela que no terminé.
Han eliminado muchas casas, edificios completos, y los grandes carteles prometen pisos de tres y cuatro habitaciones, con garaje y locales comerciales.
La gente se para en la calle y hace planes, no sea que no les dé tiempo, para los “almuerzos” de agosto.
Soy extranjero, como todo el grupo que me acompaña.
Entre cervezas y un calor sofocante, nos ponemos al día. Hijos, parejas, trabajo y, claro, achaques.
—Qué mal lo pasé. Dos meses con antibióticos. Una infección de orina.
—Es como si mearas lava.
A veces recordar es como una infección de orina.
Ánimo y suerte.

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