Alcachofas e hinojos, cocinados y congelados.
Morralla y espinas. Reduciendo el fumet para la comida.
Avellanas tostadas y ya listas, en praliné, para terminar el pastel de vainilla.
Miro las galeras.
La cigala del pobre. Hay que ir con cuidado con ellas: tienen defensas por todos los sitios, pero su carne es deliciosa, aunque escasa.
Sí, tienen cara de Benjamín.
Raquel, su madre, lo llamó inicialmente Ben-Oni («hijo de mi dolor») antes de morir. Tuvo un parto muy difícil cerca de Efrata (Belén). En aquellos tiempos, el nombre de un niño marcaba el rumbo de su vida, pero su padre, Jacob, lo cambió a Benjamín para reflejar cariño y evitar que cargara toda la vida con ese peso del «dolor».
Las mujeres, qué sabias y premonitorias, a veces.
Benjamín Galera Pérez, por ejemplo.
Infligiendo dolor desde pequeño, aunque su padre dijera que su carne, escasa, es deliciosa.
Miro al bicho y, sinceramente, debería llamarse Ben-Oni. No. Se llama Squilla mantis.
Mantis, por su sorprendente parecido físico y su comportamiento depredador con el insecto. Sus patas anteriores están adaptadas para la caza, funcionando como garras raptoras que se pliegan rápidamente para atrapar presas, de forma similar a las extremidades de la mantis religiosa.
Benjamín Mantis Pérez. Mejor, sí.
He puesto la lavadora. El otro día, me perdí el delantal con el puré de frutos rojos.
¿Te imaginas? Benjamín Mantis Pérez, con el delantal lleno de manchas sanguinolentas y sus dos patitas delanteras amenazantes.
Se acerca la hora del Ángelus.
Saldré a tirar la basura. A la vuelta, terminaré el pastel de vainilla y me pondré un vinito.
Tender la ropa y preparar una fideuá.
Y Benjamín me mira desde la bandeja, junto con sus otros congéneres.
Tú lo del ikigai no te lo has leído, ¿verdad?
Igual lo que te pasa es que no tienes amigos.
Pues vas a ir a la plancha, lo sepas.
Ánimo y suerte.

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