lunes, 6 de abril de 2026

Contengo multitudes


Es una espera de duración indeterminada, en la que esa misma espera se llena de elementos y de vivencias.
Schopenhauer, el filósofo alemán, describió la vida como una constante oscilación entre el deseo (la espera de tener algo) y el aburrimiento (una vez conseguido). ¿Y ese espacio intermedio? ¿Es un vacío?
Seguramente, si tuviéramos la paciencia o la capacidad de recordar para anotar los hechos relevantes de nuestra vida, veríamos que la lista sería relativamente pequeña, al menos en relación con el tiempo transcurrido.
Pero si observáramos entre líneas, los meses o los años nos mostrarían una cantidad ingente de momentos, actividades y, seguramente, logros y derrotas que no alcanzaron la categoría de relevantes, pero ocurrieron.
De niños, eran otros quienes marcaban los hitos: salir del parvulario y llegar a la escuela, hacer la comunión (esa educación católica), hacerse mayor.
Después vinieron las primeras relaciones sentimentales, el instituto, el primer trabajo, la universidad, el vértigo de la independencia.
La familia, la creación de tu propio entorno, hasta llegar a ese momento en que el tiempo —la vida—, como una bobina de hilo, deja ver sus últimas hebras.
Esperar la llegada de la próxima estación: la primavera, con su explosión de vida; el invierno, con su frío y su nieve; el otoño bucólico, con días más cortos y noches más largas; o el verano, con la llegada del solsticio, las vacaciones, el aire libre.
Beckett, en Esperando a Godot, retrata la vida como una espera vana y sin sentido, donde el ser humano espera algo que nunca llega.
«La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy», decía Séneca.
Un día soleado. Escucho los pájaros.
Y, sin embargo, Whitman me susurra al oído: «Soy amplio, contengo multitudes».
Animo y suerte.

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