lunes, 25 de mayo de 2026

Irse al mar


Tengo dudas. No veo claro mi futuro.
Creía que estudiar algo que me apasiona me llenaría, pero no. Tal vez el problema sean las reglas, las normas.
Me engaño. Son las expectativas.
Yo, que siempre he hablado de gestionarlas adecuadamente, disparé las mías como si fueran fuegos de artificio.
Tengo estanterías a rebosar de temas y técnicas que aprender. Probablemente me suscriba a algún servicio de información y formación. Sin horarios, sin obligaciones.
¿Por qué todos los platos que aparecen en las redes sociales deben llevar caviar? ¿Estamos tontos?

He vuelto a escribir, bastante. He pensado en aquellas «Cartas que nunca enviaré» y he revisado los temas abiertos. Un libro más o dos.
Por otro lado, lo cotidiano me llama. Hacerlo todo con más pausa. Salir de la cueva para tirar vidrio y cartones. Hacer la compra, pero discriminar. Hoy, verduras. Mañana, pescado o carne. Buscar esos garbanzos en conserva o esas especias que aún no he probado.
Volver a las largas caminatas de dolor, mar y sol.

En la cueva ya están puestas las mosquiteras. Los ventiladores han salido del sótano. Ahora solo queda encontrar los mandos a distancia.
La mesa, que ha vivido los últimos años en guerra constante con el orden, empieza a tomar una tonalidad amarillenta. Hay que decidir qué tirar. Muchos de esos caminos se acabaron; decidí que se acabaran.
Los gatos, al amanecer, maullaban su amor a toda potencia desde el jardín. Creo que lo llaman, entre ellos, el jardín del amor.
¿Podrían hacer menos ruido?

Abubillas rebozándose en la tierra.
Espero con ansia a las libélulas. Ese momento en el que buscan una posición alta en el jardín y se orientan hacia el atardecer.
Sí, es buen momento. Me voy al mar.
Ánimo y suerte.

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