En la misma página o pantalla conviven, sin ningún rubor, un anuncio para renovar tu ducha en veinticuatro horas, el coste de las huelgas de educación para profesores, padres y alumnos, los disturbios de Belfast, la salida a bolsa de SpaceX y una herramienta para determinar qué carrera estudiar según el sueldo que se pretende percibir.
No acaba ahí mi desconcierto. Unas líneas más abajo, a la derecha, un reclamo para que seamos un poco menos ignorantes. ¿Cuál es el mejor gazpacho envasado de supermercado?
Me da la sensación de estar en un mercadillo. Un tenderete donde se mezclan bragas, calcetines y gafas de sol.
—Reina, bragas todas a un euro.
—Barato, barato, como la carne de gato y el bicarbonato.
Hoy ha amanecido, de nuevo, ventoso. Seguramente, cerca del mediodía, el sol castigará con fuerza.
«Siempre es el mismo patrón: aprovechan las emociones de los residentes locales para agitar el odio y envilecer a todos los inmigrantes».
«...temeroso de quedar fuera de juego en una batalla sin cuartel por apropiarse de la rabia...».
Apropiarse de la rabia, ser dueño de ella, como si fueran monedas o edificios, coches, pantalones o bragas.
Igual que hay superhéroes o supervillanos que utilizan sus poderes, alguien es dueño, propietario, amo y señor de la rabia. Hace que suban o bajen sus niveles y cientos, miles de hormigas obreras o, mejor dicho, zánganos de la colmena —cuya única misión es fecundar a la reina y después morir— distribuyen ese polen que enturbia la mente, esa rabia que al poco se convierte en odio y acaba en sangre y muerte.
Zánganos sin rostro prenden hogueras que otros extienden en sus puestos de mercadillo, sin saber muy bien qué gritar o qué obtener a cambio; cegados por la rabia, por el odio.
Alguien fija el precio y, a ciegas, se pagará.
—¡Barato, lo tengo barato! Tengo rabia para dar y tomar.
Ánimo y suerte.

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