"Adiós", "Hasta luego", "Chao", "Nos vemos".
Esas, rápidas, casi automáticas, cruzando una calle, en el portal o en un semáforo.
Despedidas en una carta (ya nadie las escribe) familiar, formal o de trabajo.
"Saludos", "Cuídate", "Atentamente".
Despedidas sentimentales que, por regla general, son cortas en palabras y, a veces, incluso silenciosas.
Muchas despedidas.
Ninguna de ellas nos asegura que será la ultima. la última vez que hablemos con una persona, que compartamos un vino, una película, un atardecer o la ducha de un hotel.
Jamás cruzaremos una palabra más. Nos miraremos a los ojos para darnos la bienvenida o agitaremos la mano o el pañuelo en un anden. Puede que, incluso, deseemos que sea la última, pero seguro que es el desamor, el odio o el enfado quien nos hacen pensar eso.
Hay muchos tipos de despedidas. Y nunca creemos, de verdad, que es para siempre.
En un aeropuerto, o en las fiestas de ese pueblo al que nunca habías ido, alguien te da noticias de esa persona. Es un nuevo saludo, ha vuelto, aunque se despidió.
Deja de ocupar ese limbo al que se fue en su despedida y regresa para "estar".
Hoy, "N", se ha despedido. Vuelve a su casa, para no volver.
Tristeza, impotencia, cariño, silencio.
Despedirse, es cubrir muebles, sillones y lámparas, bajar persianas para que ni el sol ni el tiempo perturben ese momento, ese lugar al cerrar la puerta y partir.
Una despedida en compañía, no es más dulce, pero siempre es mejor.
Ojalá, algún día, nos volvamos a encontrar.
Gracias.

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