viernes, 16 de octubre de 2026

Gorriones


Empiezo a retomar espacio y momentos.
La mesa sigue, como siempre. Un revuelto de notas, recibos, libros, cables y carpetas.
Poco a poco, volveremos al monte, que es adonde la cabra tira sin remedio.
La cocina sigue en obras.
Quiero hacer unos bollos de mantequilla. Tengo ansia de horno.

Oigo nítidamente a alguna urraca discutir con un petirrojo. Están en el pino más alto.
En las ramas más bajas, varios mirlos hablan de lo suyo. Que si la Megaprincesa, que si el perro sin dueño, que si «tengo yo un cuñao al que le tendré que regalar un GPS porque es tonto perdido». Lo de siempre.
Los gorriones no se meten: tienen las de perder. El estornino negro escucha al estornino pinto.
Un agateador está de visita en casa del cernícalo, que hoy ha dado señales de vida.

Han venido las deshollinadoras. Todo preparado para encender la chimenea, aunque el termómetro grite agosto.
Procesionarias, en un rato.
Todo parece en su sitio, pero disimulo o lo intento.Todo parece en su sitio, pero disimulo o lo intento.

Han sido días de hiel. De niños nazis y padres poco responsables.
De hijos que, supongo, tienen padres y que se hacen policías y militares, pero que, por sus actuaciones, merecerían buenos azotes con la mano abierta, varias veces. Sí, sin guante, para que suene.

Debe de ser duro tener un hijo y verlo actuar así.

¿El repudio sería suficiente? ¿El olvido?

A los pájaros del jardín no les pasa eso, aunque Mirlo —mi Mirlo— me contó que tenía un primo muy mandón y chulangas, vamos, un matón. Pero un día se enfrentó a un grupo de gorriones y salió desplumado.

Ellos eran más y estaban unidos.

Qué casualidad, ¿no?
Animo y suerte.



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