Mientras los narcisos de otoño florecen desperdigados por el jardín, yo me desperezo de esta hibernación estival, deseada.
El olivo dio sus frutos. El ciruelo, la higuera y el almendro no se quedaron atrás.
Ahora, el limonero no deja de ofrecer maravillosos tonos verdosos que, poco a poco, se tornarán amarillos.
Vivo sin vivir en mí, como decía santa Teresa.
Familia, amigos, visitas, largas sobremesas y estresantes horas de socialización.
Ejercer de refugio, a veces, agota.
Llegó un momento de mirar dentro. De dejar de estar hacia fuera.
Cambió la respuesta a esa pregunta que tantas veces hemos respondido casi de forma automática:
—¿Quién eres?
Soy médico y trabajo en...
Ingeniero, sacerdote, albañil o carnicero.
Ya no. Todo eso ha pasado a un segundo plano.
No es fácil decir o saber quién eres ahora, quién serás mañana.
Al salir de esta cueva protectora no hay sorpresas. Todo sigue en su lugar. Tal vez algo más deteriorado. Yo también. El tiempo no perdona.
Los ignorantes son más.
Los llamo así porque han tenido la posibilidad de formarse, de acceder al conocimiento, pero no les ha servido de nada.
Puede que sus crías, esas que cantan canciones de las que desconocen su historia, su origen, deban llamarse cretinos, por llevar la ignorancia al nivel superior, rozando la enfermedad.
—¿Quiénes sois?
Y, peor aún, ¿quiénes seréis?
Veo caras de odio y de miedo. Gente perdida, sin saber quién es y, peor aún, quién será.
Los narcisos de otoño volverán a florecer, sin duda.
Animo y suerte.

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