Vaya por delante que no entiendo nada, o casi nada, de fútbol, aunque en este país, como en tantos otros, decir que no te gusta el fútbol sea poco menos que un pecado capital.
He visto todos los partidos que ha jugado España durante el Mundial de fútbol. Y he disfrutado.
No. Eso no quiere decir que, de pronto, en el fragor de la victoria, me haya convertido y que ahora vaya a ser un forofo.
Confieso que tenía mis deseos, todos movidos por los más bajos instintos.
Ver a Donald (el pato no, el otro) entregar el trofeo a España. Incluso deseaba que dijera alguna estupidez de las suyas o, mejor aún, ese sueño que, seguro, muchos —¡oh, infelices!— teníamos: que los jugadores le negaran el saludo, recogieran la medalla con la mano y no respetaran el protocolo gritando un «¡Palestina libre!».
Pero no. Ni tan siquiera el jugador negacionista abrazó de una forma más íntima a Infantino de piña, ni le guiñó un ojo a Donald (ese, el que no es un pato, creo). Ni un gesto de rebeldía. Nada.
Bueno, sí. El desplante de los jugadores del país rival, con un muy mal perder. La cantidad de empujones y guantazos que algunos jugadores españoles se llevaron. ¿Pondrá algo en las actas o la FIFA volverá a borrar «cosas» a petición del amigo del de la motosierra?
Me caliento, lo sé. Pero es sin convicción.
Lo siento por los seguidores de algún equipo de la Liga española en el que militan hasta siete jugadores del equipo rival. Tendríais que decirles algo, ¿no?
El valor de mercado de la selección es de 1.200 millones de euros.
Y Luis Aragonés puso de moda aquello de «la Roja». Eso, seguro, también les jode.
Pues eso: ¡Palestina libre!
Animo y suerte.












.jpg)







