Leo:
Ojalá aprendamos a observarnos más en todos los aspectos.
Quizá así logremos comprendernos mejor y ser un poco más compasivos con nosotros mismos y con los demás.
Hace tiempo, me gustaba sentarme en un banco de cualquier calle transitada e imaginar las vidas de las personas que pasaban ante mí.
Dónde iban, de dónde venían, qué les había pasado y qué pistas me daba el rictus de su cara para entender quiénes eran o para dar viabilidad a esa vida inventada que yo les construía.
En otras ocasiones, paseando, levantaba la mirada y trataba de ver, por encima de los techos de los quioscos de prensa, las ventanas de los edificios.
Ventanas por las que, a veces, huían las cortinas en un intento de vuelo y, otras, sábanas, mantas y colchas se aireaban, dando color a muros grises o de ladrillo.
También ahí observaba y creaba historias. De amor, de desamor. Historias de guerra, de odio o de inocencia.
No es educado ni correcto abordar a alguien en la calle y preguntarle qué piensa, adónde va, de dónde viene, cuál es el motivo de esa cara triste o alegre.
Detener a una madre que, enfadada, recrimina a su criatura mientras tira de su mano e interesarse por la situación.
Llamar a la puerta de una casa y entablar conversación sobre el color de las sábanas que se asoman por sus ventanas al borde del suicidio.
Pasar de mirar a observar. Dejar de poner la vista en un punto para pasar a analizar, estudiar y sacar conclusiones, aunque sean irreales.
Esas conclusiones me daban paz. Yo era quien creaba sus vidas mientras estaba seguro en mi banco, en mi paseo. Ellos eran quienes vivían en un mundo que yo, todopoderoso, dibujaba a mi antojo.
Dar un paso más: pasar de la observación al conocimiento. Confirmar, raramente, que nuestra intuición había acertado o, por el contrario, darnos cuenta de que todo era mucho más complejo de lo que imaginamos.
Somos seres complejos, muy complejos. Y, con el paso del tiempo, nos transformamos; no hablo solo físicamente. Las vivencias, los conocimientos, los errores, las derrotas y los triunfos crean un nuevo yo, un nuevo tú a cada poco.
Conocer el camino recorrido para entender los cambios, los estados por los que pasamos.
La compasión nos hace reconocer el sufrimiento y despierta nuestro ánimo para aliviar el dolor de otros.
Todos hemos sufrido de una u otra forma. No es empatía. No es «te acompaño en el sentimiento»; es más bien «¿qué puedo hacer por ti?»… y hacerlo.
Me miro al espejo, hoy, ayer, muchos días, y me repito: «¿qué puedo hacer por ti?».
Ya casi no hay bancos en las avenidas, ni quioscos, ni prensa. Poca gente airea sus sábanas en las ventanas. Deseo que el seto sea cada vez más alto. Ya no invento historias.
Nos miramos mucho; nos observamos poco.
Sí, sí, la culpa es del seto.
¿Qué puedo hacer por ti?
Ánimo y suerte.















