Viernes-Sábado
Me
gusta cuando salgo a pasear, sea la hora que sea, mirar el cielo.
Si
voy conduciendo me molesta no poder detenerme y observar los detalles de las
nubes, o la luna que trasnocha y espera al sol allá arriba.
Los
distintos azules, blancos, grises, incluso negros.
La
poca o mucha luz del sol, del reflejo de la luna si la veo a primera hora de la
mañana.
Alguna
vez he descrito como me abruma esa grandeza. Otras, he hecho comparaciones con
el mar, por lo inesperado, por la inmensidad, por la distancia, por los azules.
Me
he apoyado en Benedetti, cuando me faltaba cielo. Cuando
hablé de lágrimas y de sangre en París.
He
usado el cielo, para medir el dolor, la soledad, el amor, los detalles.
Le
he dado la vuelta y he construido paisajes imposibles.
He
creado casas de papel y he confesado mi adicción a él.
Tal
vez, Mirlo, ha ayudado a que sienta como mío ese lugar. El cielo.
Rosalía,
me llevó a tu mirada. A la lluvia, a los copos de nieve. Ese lugar donde tantas
veces busque una señal.
Añoranza,
tristeza, alegría, sonrisas, lágrimas, todo ocurre bajo el mismo cielo, aunque
tus azules sean más grises o más brillantes, aunque nos separe la distancia, el
cielo nos une.
Tantas
veces ha llovido sangre, tantas, que son demasiadas.
Cielos
de aquí, de allá, cerca de las montañas o al lado del mar. En Nueva York o en
Oporto, en París o Madrid, León, Las Médulas, Valencia, Astorga, Almería o Cádiz. Qué más da.
No hay distancia. Si miro allá arriba, estoy ahí, a tu lado. Bajo el mismo cielo.
Animo y suerte
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