Vuelvo al paracetamol. Ha subido la humedad y casi llega al punto de "chorreo". Los huesos se quejan más de lo habitual, aunque la culpa es de mi sordera. No quiero oírlos y sigo a todo lo que me dan las alas.
Las caminatas son intermitentes: hoy no, mañana sí. El gemelo derecho molesta (será porque es derecho, seguro).
Tengo sed, me noto la boca seca. Ninguna de las fuentes a las que me acerco dispone de agua suficientemente potable.
Esta mañana me colgué de Umberto Eco. Bebí un vaso grande de Ur-Fascismo y unos sorbos de El péndulo de Foucault. Casi saciado, una tacita de sus citas:
«El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad».
Busco un caramelo para quitarme este sabor de boca.
En el horno, la cabeza y las espinas de bacoreta y rape. Puerro, ajos, cebolla, zanahoria y tomate hacen el acompañamiento. Un poco de vino blanco recuperará sabores de la bandeja. Haremos una infusión lenta para conseguir sabor a mar.
El sol no se ha dignado pasar a saludar. El bochorno es patente.
La tórtola enferma o accidentada, que lleva unos días en el jardín, sigue siendo alimentada por sus congéneres. A veces, sobre la mesa alta; otras, en las tumbonas o cerca del almendro.
La higuera, en pocas semanas, ha pasado de estar desnuda a lucir un follaje inmenso.
Podría quejarme de que los pájaros o las golondrinas que esta semana se han instalado en las alturas no me dejan dormir.
Y qué decir de los perros. Ladrando al amanecer, a cuerpos recién levantados que arrastran los pies por la calle, agotados de repetir el mismo camino. Despertadores habituales.
Tal vez deje de mirar hacia afuera, un poco.
Mirar hacia arriba. Las nubes, el azul del cielo, los pájaros y las estelas de aviones yendo a ninguna parte.
Ir para volver.
Demasiadas drogas en la misma vena.
Animo y suerte.
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