Es lo primero que leo hoy. Lo dice Costa-Gavras.
Aun está oscuro. A veces, añoro las madrugadas para pensar, escribir o imaginar. Pero, a la vez, necesito tener todo ordenado, clasificado y no dejar huecos vacíos.
Me sale el espíritu colaborador, hasta que me doy cuenta de que no sirve de nada.
He bajado a por otro café. Desde la ventana, entre las casa del otro lado de la calle, podía verse el arrebol del amanecer. Colores anaranjados, rojizos.
He subido al balconcillo del ultimo piso. Hacía frío. Mientras miraba el cielo he dudado de que todo lo que leemos y escuchamos tenga algo que ver con la realidad.
Lastima que, las nubes, han ido disipando el color para dejar llegar el sol.
Hay una teja rota. Y, a partir de ahora, esa teja está en la lista.
No miramos lo que no queremos ver. Leo un artículo sobre el documental Lo que nadie quiere ver de Richard y Alejandra Gere. Más de 37.000 personas sin hogar.
Y veo el rojo, el naranja, me evado, no estoy, me he ido.
Donald (el pato no, el otro) sigue actuando como un mono con dos pistolas. Ahora influyendo en las elecciones de Honduras, dentro de un rato queriendo acabar la guerra interminable de Ucrania, y un poco más tarde cerrando el espacio aéreo venezolano. Y, si saca algo de tiempo, más presión y abuso sobre la inmigración.
Mis niveles de confianza están bajo cero. No quiero hablar de valores, al menos, no de esos con los que se llenan la boca algunos. Pero, cada vez, apartamos más la mirada.
Tengo que preparar un trabajo para la escuela. Aun quedan algunos exámenes hasta las vacaciones de Navidad. Los muchachos, mis compañeros, siguen estudiando en el modelo de memorización y yo me estreso, porque he perdido esa habilidad.
Ya no "aprendo" así, sea porque no puedo o porque no quiero.
Veo, escucho, pero solo guardo aquello que realmente me interesa. Hay demasiada información superflua e incluso mucha de la que conservo, tiene fecha de caducidad.
Lo cercano, lo que toca la piel. Lo que me emociona o hace que una lágrima pugne por salir, trato de conservarlo.
Ese naranja, el rojizo del amanecer, durará varios días, pero desaparecerá.
Habrá, seguramente, otro amanecer tan bello o más que el de hoy. Alguien dirá una frase que me remueva, para bien. Una visita esperada, un abrazo. Un mensaje que me haga sonreír. Un logro de alguien a quien quiero. Unas lágrimas de impotencia que poder consolar.
Hasta que me de cuenta de que no sirve de nada.
Esperanza en la humanidad, aunque sea, mientras amanece.
Animo y suerte.


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